domingo, 6 de diciembre de 2009

ROCINANTE, ASÍ NACIÓ.

El otro día me escribió un amigo pidiéndome que le hablara de cómo hicimos “Rocinante”. Sé que hay autores que son un tanto opacos a la hora de dejar traslucir el por qué, el cómo y el cuándo nace su canción. No es mi caso. Para empezar, debo decir que el sentido de la propiedad lo tengo un tanto confuso, pues, como dije en otra ocasión, las canciones, al igual que los hijos, se traen al mundo pero cobran vida propia y en poco podemos intervenir. Aclaro que esto nada tiene que ver con el tan manoseado asunto de la propiedad intelectual, que ahí sí que lo tengo muy claro: tan propiedad es un tangible como un intangible y recrimino de igual forma al que se apropia del uso, tanto de lo uno como de lo otro, sin la autorización de su legítimo dueño. El sentido confuso -mejor emplearé la palabra difuso- al que me refiero, tiene que ver con algo que está mucho más allá de lo que representa un título de propiedad. Nos es propio un paisaje, un pueblo, una calle, unos amigos, etc. Todas esas cosas las asumimos como propias por la capacidad que tienen, o tuvieron, de adornarnos la vida,y por ello permanecen junto a nosotros para siempre; al menos mientras nos queden recuerdos que recordar. Somos muchos los que tenemos alguna canción que hemos hecho cosa propia porque ha quedado adherida a la banda sonora de nuestra existencia. Como autor no tengo reparos en informar del origen de una canción pues no creo que por ello, la magia que pueda haber en ella, se diluya lo más mínimo; y creo que, hacerlo, sacia apetitos cognitivos que para nada hay por qué reprimir. Ya me gustaría a mí saber qué inspiró, y en qué momento, “The Long And Winding Road” a Paul McCartney, o “Mediterráneo” a Serrat. Por tanto, sin complejos de ningún tipo, voy a ello:

La canción “Rocinante” nace en 1977. Es justo decir que la idea parte de José Luis Jiménez, a la sazón bajista de Asfalto. Por entonces el grupo estaba en efervescencia total. Tocábamos mucho y cada concierto aumentaba la gente que acudía a escucharnos. Aún así, es necesario hacer constar que eran los años del “Saturday Night Fever” (que es lo mismo que decir el auge de la música bailongo-discotequera) y las discográficas españolas, y la mayoría de los medios, estaban en otra sintonía que nada tenía que ver con el auge del rock. Eran los tiempos del gran cambio político y la cultura del rock era ya un movimiento creciente entre cierto sector de la juventud más inquieta; algo que, por primera vez, resultaba un hecho evidente dentro de nuestras fronteras. Asfalto, que ya se le reconocía dentro del grupo de bandas que practicaban este estilo, optó por situarse, si cabe aún más, a contracorriente, llevándole la contraria a las tendencias imperantes; tanto así, que nos embarcamos en el desarrollo de una obra conceptual: una ópera rock al estilo “Quadrophenia” de los Who. Y todo ello sin saber ni cuándo ni cómo llegaríamos a estrenarla.

El argumento de la obra giraba alrededor de un individuo insatisfecho con la vida que vive, un paria cuyo día a día transcurre sin encontrar alicientes; que curioso ¿cuánta gente está en esas circunstancias en los tiempos actuales?... El personaje en cuestión, bajo un no citado agente externo, tiene la vertiginosa experiencia de protagonizar un viaje astral a través del cual observa la realidad bajo una percepción irreal pero que, a su vez, también resulta ser sublime.

Tras la obertura “Quiero Irme”, “La Huida” (cortes 1 y 2 de la suite que abre la cara “B” del primer L.P.), el protagonista visita lugares y mantiene encuentros con seres que son reflejo distorsionado de sus propias angustias y de sus anhelos existenciales; así visita “La Isla del Amor”, paraíso utópico del amor libre (penúltimo corte de la cara “B” ); se sumerge en un caótico “País del Consumo” (inédita) para, siguiendo su viaje, tener un encuentro con un caballo alado que dice ser “Rocinante”…

Nada más nacer la idea musical, a cuya creación contribuimos todos los Asfalto, tuve la sensación de que, de aquel arpegio en Sol y de las líneas melódicas que lo acompañan, emanaba un enorme sosiego. La idea nos cuadraba perfectamente para musicalizar un encuentro en un lugar de paz infinita. El protagonista, siguiendo su periplo, se sorprende de la imagen de un caballo ingrávido que flota en el espacio e inicia conversación con él; éste le habla del mito caído, su dueño, Don Quijote, quién denuncia que ha sido absorbido por el sistema. Termina argumentando el sentido de su ineludible destino: ser el símbolo de la derrota de la fantasía y la imaginación, a manos de la cotidianidad y del sentido práctico imperante en la vida de nuestro tiempo. Al final, se proyecta un mensaje optimista y solidario cuando el protagonista dice: “abre tus alas al viento, iré contigo más allá…” que es expresión de la fuerza que se puede alojar en un individuo que está decidido a llevarle la contraria al destino.

Lamentable o afortunadamente, cuando estábamos desarrollando la obra, se nos presentó la oportunidad irrenunciable de grabar. Había que hacerlo ya o permitir que el tren pasara sin subirnos a él. Ese fue el motivo por el que sólo se registrara una parte de la obra proyectada, dándose a conocer en forma inacabada e inconexa.

Es por ello que, aún a riesgo de desmitificarlo, públicamente siempre califiqué el primer L.P. como un trabajo un tanto abstracto e incoherente; por supuesto que la gente no lo percibió así; ahí está, consolidado con el paso de los años como ejemplo paradigmático del rock urbano nacional, etiqueta que acepto pero que no del todo comparto como forma de clasificar nuestro estilo de por vida; bajo mi punto de vista bastante más amplio.

Julio Castejón

miércoles, 2 de diciembre de 2009

¿Alguien puede hacer algo?

El 25 de agosto pasado cumplí cuarenta años sobre los escenarios, entendiendo que esa es la fecha de la primera vez que me pagaron por tocar, y sólo por ese detalle, fijo ese día como el de mi bautismo profesional. Cierto que en aquellos años yo no lo era, ni tan siquiera aspiraba a serlo aunque era factible vivir de la música si te integrabas en un grupo de los que se movían para conseguirlo; de hecho había mucha gente que no dejaba nunca de tocar, músicos que se consideraban más o menos bien retribuidos.


Por entonces, raro era el pueblo que no contaba con un salón dónde la gente acudía los fines de semana a bailar, por supuesto que con la excusa de entrar en “contacto” con la otra mitad de la especie. En todos esos lugares se hacía necesario contar con un grupo o una orquesta que aportara lo esencial: la música. En la foto de arriba “Handicap”, mi primer grupo, actuando en uno de estos locales de los que hablo (soy el primero por la izquierda). La gente se divertía y sentía mucho aprecio y respeto por lo que el músico representaba, en definitiva, sin él, sencillamente no había música.

En los primeros años 70, comenzaron a montarse por toda la geografía ibérica discotecas, “boites”, se les llamaba. Eran salas enmoquetadas que disponían de una pista delimitada sobre la que se concentraba la presión sonora; a su alrededor zonas provistas de sillones acolchados bajo luz de penumbra que propiciaba el anonimato,y con ello el deseo, mucho más esencial que la música misma. Los dueños de aquellas salas comenzaron a descontar músicos pues no tenía sentido contratarlos para hacer lo que ya hacía el tocadiscos. Ahí comenzó el drama para miles de profesionales de la música. “Siempre mendigando un sitio para tocar…”

Con la llegada de la democracia, tampoco se arreglaron las cosas. Ningún poder articuló ley alguna que obligara a poner músicos en las salas donde la música fuera el reclamo fundamental. Y hubo que aceptar que la batalla definitivamente estaba perdida: músicos apartados por la música enlatada, ese era el titular. Cuando regresé del servicio militar, “Handicap” había optado por refugiarse en Galicia dónde, al parecer, aún había cancha para hacer “bailongos”. Yo no acepté eso porque para la mí la música era otra cosa y no me veía procurando ruido de fondo sólo para que la gente bailara sin mirar al escenario.

Cuando una tarde de la primavera del 74 José Luis Jiménez me llamó a casa, ya tenía claro que mi camino a seguir iba a ser otro bien distinto. Y lo fue, ya lo creo. Asfalto hizo que pudiéramos soslayar las penurias del músico profesional de aquellos tiempos. Y lo hicimos a base de pisar escenarios con rabia y sobre todo con el convencimiento de que la música era algo más que un ruido de fondo. Pero no todo el mundo puso la energía y la determinación que pusimos nosotros en el empeño. Muchos compañeros siguieron aferrados a hacer lo que sabían: tocar y entretener a la gente, sin ir más allá. Muchos aplaudieron nuestra subversión y nuestro mérito.


Pues bien aquello ni de remoto vislumbraba la frustración que hoy representa ser profesional de la música. Sin duda todo está mucho peor que nunca. Porque sí. Siguen surgiendo vocaciones entre los jóvenes, y es que el que decide ser músico lo hace obedeciendo un sentimiento difuso y profundo que dista mucho de ser reflexivo. Pero la realidad es que hay iniciativas musicales que nacen y mueren en los locales de ensayo sin la menor opción de alcanzar un escenario en el que materializarse. Antes, en mayor o menor medida existía demanda, ahora existe hastío. Los chicos que empiezan lo tienen infinitamente peor de lo que lo tuvimos nosotros. Ya no existen salas que contraten, ni tan siquiera “baretos” en los que, al menos, poder exponer creatividad. La cosa en este tipo de ruidosos locales está tan cruda que, si no propones tributos a artistas consagrados, no te dan cancha.

Tampoco lo tienen mejor las orquestas que todo este tiempo han vivido de actuar con cargo a presupuestos municipales. Los ayuntamientos han reducido el gasto, y lo peor puede que aún esté por venir. Se constata que este año han desaparecido muchas formaciones, algunas tras muchos años de carretera. Orquestas en paro es igual a precios a la baja. Deflación mortal.

Las “figuras”, en el ámbito profesional más conocidas como “atracciones”, igualmente han visto como se les han caído cuantitativamente sus shows en las programaciones veraniegas. Y es de entender porque no se sostienen esos cachets desmesurados que sólo se han soportado por ir con cargo al “presupuesto”, porque si tuvieran que financiarse contra la venta de entradas, las cuentas arrojarían déficit en la mayor parte de los casos. Normal que el recorte también les afecte a ellos, lo peor es que esta caída arrastra a los músicos que les acompañan.

En definitiva, de seguir así, me temo que la profesión de músico se extinguirá pasando a ser una simple afición y poco más. Pero no es objeto de este “post” trasladar en una Web como está una queja pública, para nada. Escribo esto porque quiero dejar claro que amo esta actividad y me siento solidario con tantos y tantos amigos músicos que, a día de hoy, dudan entre continuar o dejarlo. Es cierto que la música nos da otras cosas pero, que quede claro, que se sepa: la mayor parte de los músicos de este país lo pasa muy mal cada vez que mete su instrumento en el estuche y se dirige a casa. Que no todo es fantasía y color, que no todos son divos de color rosado, ni tocan rumbas ni ritmos de actualidad, con éxito; que la mayor parte vive sin encontrar el modo de sobrevivir a esta debacle.

Apelo a quien corresponda para que se eduque a los niños en el respeto por las artes, sean estas cuales sean; a que se les sepa transmitir los valores que estimulan la espiritualidad individual; pido que se les enseñe que, tras una interpretación artística, trozos del alma del intérprete pueden llegar al corazón del receptor liberando emociones, placer supremo que nos convierte en seres humanos plenos; que se les haga ver que la música no es un ruido de fondo, sino más bien todo lo contrario, una expresión que reclama atención.

No sé si se precisan ayudas en forma de leyes, o viceversa; no sé ni tan siquiera quien tiene la culpa de que se haya llegado hasta aquí, ni quien posee en su mano la solucción; pero sí que me atrevo a decir que, de seguir por este camino, conoceremos el día en que murió la música, que cantaba Don McLean en American Pie.

Julio Castejón.