viernes, 28 de octubre de 2011

Las Alas de las Mariposas


Cabría saber qué se entiende por el precio de las cosas. Para muchos es el valor que pone el propietario, para otros es el costo de lo que el comprador o usuario está dispuesto a pagar. En la sociedad mercantil en la que nos hayamos inmersos, el precio lo decide el “mercado”; dicen que justo equilibrio entre la oferta y la demanda, si es que no ha pasado por allí el especulador.

El bazar en el que se negocia, se regatea, se chalanea y se trapichea con el valor de los bienes, está sujeto al equilibrio entre el criterio del que compra y del que pretende vender. Pero lo que jamás queda en entredicho, es que los productos, mercaderías y servicios estén exentos de valor (el que quiera que sea). Y no lo están porque todo el mundo reconoce que son resultado del esfuerzo de la mano y la mente humana que los alumbró.

Hasta aquí nadie cuestiona el argumento, tan antiguo como la civilización, pero, henos aquí que la cosa se pervierte llegados al mundo de los intangibles; el de las ideas creativas que una mente inquieta, estimulada por las emociones y los sentimientos, produce en forma de música. Y más en los últimos tiempos en los que el acceso a los bienes “digitalizables” se ha hecho universal e impunemente asequible.

A los autores nos cuesta cada vez más reclamar nuestro derecho a poner valor a lo que hacemos. Sufrimos para que la sociedad, al margen de las leyes que así lo acreditan, nos reconozca de natural como propietarios de un bien tan cierto como cualquier otro tangible. Así las cosas, la tarea se nos antoja cada día más compleja por cuanto pareciera que se ha instalado en la opinión pública el concepto de que: aquel que disfruta haciendo lo que hace no emplea esfuerzo. Y no es así. Claro que el autor crea porque siente la necesidad de hacerlo, pero también entrega su obra a los demás para su uso y disfrute. Cuando el proceso creativo concluye, el autor debe acudir a sostener económicamente su vida como cualquier otro individuo.

Parece mentira que a estas alturas aún tengamos que estar explicando esto. Y es que semeja que se nos ve como lepidópteros que, bajo la belleza de nuestras alas, escondemos la trompa insaciable con la que chupamos el néctar de la sociedad. Cuando es precisamente la belleza de nuestras alas la que atrae a nuestros depredadores que se olvidan cuanto trabajo nos llevó diseñarlas para disfrute de la mirada de todos.

lunes, 30 de mayo de 2011

La Primavera de la Esperanza


Si no recuerdo mal, que no, el 15 de junio de 1977, acudía pletórico a depositar mi voto en las urnas. Tantos años deseando que aquel sencillo gesto pudiera ser cierto.

Pertenecía a una generación que habíamos mitificado el ejercicio supremo (por entonces) de la libertad: el derecho al sufragio. Se acuñó el slogan "Primavera de la Libertad" para definir el ambiente de las calles. Miles de carteles coloreaban las paredes, toda una ensalada de siglas a las que apenas poníamos contenido real, todo era intuido, valor supuesto. Al final mi voto se lo llevó el viejo profesor D. Enrique Tierno, que por entonces mezclaba en sus siglas ingredientes hoy imposibles, antagónicos, como el agua y el aceite: Socialista y Popular. Aquel PSP (Partido Socialista Popular) no presentaba un programa muy distinto del que proponía el PSOE, es decir: una socialdemocracia que aceptaba las reglas de la libertad de iniciativa y del mercado; pero, tal vez porque me entusiasmaba lo pausado y preciso de su mensaje, su nada altisonante tono, su exposición pragmática de las ideas sin aparente voluntad de adoctrinar, hizo que, el hijo de un socialista republicano (mi padre), no le diera el voto a los herederos de: Besteiro, Giner de los Ríos, Prieto, etc.

Aquella primavera era el preludio de un cambio tan deseado como indefinido. Y eso es justo lo que he vuelto a percibir en estos días. "Llega la primavera, y es otra primavera pero yo presiento el otoño..." decíamos en "Parque Sur" (Corredor de Fondo, 1986). Y es que no hay primavera a la que no le suceda el calor del inminente verano, calor que aletarga, para, irremediablemente, desembocar en un otoño con propósitos de enmienda. Sí, en esta primavera de la indignación, los que ya vivimos otras igualmente ilusionantes, tenemos miedo al agua de borrajas.

El movimiento 15-M no está exento de argumentos, por supuesto que sí, y si algo sorprende es que hasta ahora no se hubiera manifestado una queja pública tan necesaria como evidente. Es mucho el descontento que se está sedimentando en grandes capas de la sociedad actual. Es mucha la angustia a la que está sometida una gran mayoría que ve como, una tras otra, se van frustrando las expectativas de una vida confortable y en paz. Está claro que el sistema no sirve a los intereses de la mayoría y sí únicamente al de unos pocos privilegiados que sustentan su poder y su riqueza en la especulación y el control de los medios financieros y de producción.

Pero estemos tranquilos que éste es un sistema encaminado a su propia extinción porque que ya sólo se soporta sobre la base de en un crecimiento imposible, constante e ilimitado, que degrada y agota los recursos y el medio natural. ¿Alguien se ha preguntado cuantos “fukushimas y chernoviles” podríamos soportar? Muy pocos. En este mundo sólo se piensa en el dinero, en obtenerlo, un elemento tan fundamental para la vida como el aire que respiramos; y si no se tiene, el individuo se ahoga, se asfixia. Y así es que todos lo persiguen entregando a tal fin esfuerzos que terminan por extinguir en el individuo cualquier otro estímulo vital: la relación, el conocimiento, la observación, la conversación, la ilustración y un largo etcétera de valores que han ido saliendo de nuestro catálogo de propósitos; sencillamente porque dichas actividades nos restan tiempo para buscar y conseguir dinero.

Ahora pareciera que, por fin, un grupo más numeroso cada día, lleva a las calles de nuestras ciudades esa queja sentida por muchos millones, incluso por los que no se han parado a analizar por qué ya no se ríen tan a menudo como se reían la generación de nuestros padres. Y somos muchos los que apoyamos a esos jóvenes que han prendido la mecha del descontento, pero también somos algunos los que nos tememos que el movimiento, si es circular, termina poniéndonos de nuevo en el mismo punto de partida.

Se puede y es necesario cambiar el sistema, hay que comenzar a dar un giro hacía otro modelo porque éste está caduco y corrupto. Pero pienso que es necesario transformarlo desde dentro porque, sólo desde esa posibilidad, entiendo que se puede llegar al fin para el que se buscan medios. La utopía lo es porque se empeña en ser sólo un sueño. «Si no nos dejan soñar, nosotros no les dejaremos dormir» claro que sí, pero tampoco duerme el que provoca el insomnio del otro. Amigos la vida se vive en la consciencia de la vigilia, no en el mundo onírico.

Que no tengan duda los que se sientan a esperar como el sistema explota, revienta, porque nadie puede sobrevivir a la caída del avión en el que vuela; es preferible hablar con el piloto para convencerle de tomar tierra en lugar seguro. Si se me acepta este símil, no he querido decir otra cosa que: para que el movimiento se muestre andando, por mucho que no se quieran imitar fórmulas políticas caducas, hay que usar las herramientas de participación ciudadana que la democracia (aun cuando no sea todo lo real que deseáramos), permite.

Con ello quiero decir que el movimiento 15-M tiene que aparcar la horizontalidad innegociable a un lado y constituirse en una plataforma que sea capaz de llevar nuestras inquietudes a los organismos públicos; hoy por hoy la única forma pacífica de poner en práctica (en leyes) un cambio paulatino que sortee los riesgos no deseados que la revolución a menudo acarrea. Pero no quiero decir que haya que aparcar la revolución, no, sólo quiero decir que la revolución hay que comenzarla ya, pero empezando por el propio individuo que debe ser capaz de discernir que sí y que no es esencial en el camino hacia la felicidad, objetivo supremo de nuestra existencia.

miércoles, 23 de febrero de 2011

23F, un día como éste.


Elías era un chaval que había venido a Madrid huyendo de la fría estepa castellana. Una vez en la capital trabajó de mecánico de automóviles. Como era persona inquieta, no tardó mucho en establecerse por su cuenta. Su taller ocupaba la planta baja del inmueble contiguo al edificio donde ensayábamos, en la calle Matachel del barrio de Villaverde Bajo. Tanta prosperidad, y en tan poco tiempo, le confirió un rasgo de autosuficiencia que, pese a su origen más bien poco o nada ilustrado, no le impedía debatir sobre cualquier tema exhibiendo un desparpajo tan arrogante como necio; incluso se atrevía a discutir de política y, medio en broma, medio en serio, se manifestaba de ideología derechista y reaccionaria.

Estábamos dándole los últimos retoques al “Déjalo Así” que en un par de semanas entraríamos en estudio para grabarlo. Serían algo así como las 19h, cuando la vieja puerta de metal del local sonó golpeada con estrépito interrumpiendo la pieza que tocábamos en esos momentos.

—¡Ya va…! ¡¿Qué formas son esas? Coño!

—¿Es que no os habéis enterado que los “míos” ya han regresado? ¿Están en el Congreso?

—¡Venga Elías tío, danos un cigarrito y vete a tomar por culo…!

—Sí, sí, no me creáis, ya veréis que vais a volver a cantar el Cara al Sol.

Uno de nosotros, no sé quién, se quedó encendiendo un cigarrillo con él mientras los demás seguíamos a lo nuestro. Fue quien nos interrumpió.

—Tíos, que dice que unos Guardias Civiles han secuestrado al Gobierno en el Congreso.

—No le hagas ni puto caso, siempre está con lo mismo. Es un facha desquiciado.

Intentamos seguir con el tema pero yo me quedé con la copla y propuse que hiciéramos un “break” para tomarnos unas cervecitas en el Salinas (un bar de barrio dónde parábamos). Cuando llegamos no había nadie, salvo Alfredo, el dueño. Nada más entrar le pregunté que si se había enterado de que hubiera pasado algo. Me dijo que habían entrado en el Congreso unos Guardias Civiles disparando, que había puesto la radio pero que llevaba un rato emitiendo música militar y que por eso la había apagado. Muy excitado le dije que la volviera a poner, lo hizo y se me heló la sangre cuando escuché esa música arcaica que me retrocedía a los tiempos en que hice el Servicio Militar. Todos nos miramos y sin hacer muchos comentarios, nos bebimos apresuradamente las cervezas y regresamos al local. Por el camino me parecía que la calle del barrio estaba extrañamente vacía. Me sobrecogí. Acordamos de que lo razonable era que cada cual regresara a su casa. No tardé más de un par de minutos en recoger todo y subirme al coche. Nada más arrancar puse la radio y revisé todo el dial encontrándome con la sorpresa de que todas las emisoras emitían normalmente, cierto que todas con una programación centrada en la noticia del secuestro en el Congreso. En una de ellas se leyó un comunicado del Comité Federal de UGT, invitando a los trabajadores a estar atentos por si hubiera que salir a la calle a defender la democracia. No sé si eso me tranquilizó o me creó mayor desasosiego, porque si la sociedad civil seguía expresándose, el enfrentamiento podría llegar de un momento a otro.

Normalmente no tardaba más de 20 minutos en llegar a casa, en ese tiempo se me pasaron tantas cosas por la cabeza. Llegué a acordarme de las palabras que escuché de niño a un anciano que le comentaba a mi padre «Mire usted Antonio, yo viví una guerra, usted peleó en otra y éste (dirigiéndose a mí) también vivirá la suya…» ¿Sería esta mi guerra? ¿Otra guerra civil en esta putada de país que se llama España? ¡No, por favor! Cuando llegué a casa me encontré a mi mujer muy angustiada frente a la televisión, con la radio asimismo encendida, pendiente de todo lo que se dijera; no en vano, si el Golpe triunfaba, el coescritor de una canción como “Días de Escuela” sería carne de paredón, seguro. Mentalmente intentaba diseñar un plan de huida pero no tenía la mente para tanta conjetura. Así y todo esa noche estuve pendiente de las noticias hasta que el sueño pudo conmigo bien de madrugada.

El 24 de febrero amaneció soleado y parecía que la pesadilla se diluía. Afortunadamente aquel fantoche con tricornio que intentó pasar a la posteridad como salva patrias, consiguió el efecto contrario: que el conjunto del ejército entendiera el mensaje de la sociedad civil que se reafirmaba en que los tiempos de la barbarie, la ignominia y el desprecio por el prójimo, habían concluido y que, este país, definitivamente había reclamado para sí el derecho a elegir su destino.

Treinta años después, otra cosa es que efectivamente controlemos nuestro destino. La libertad, bien supremo que mi generación luchó por alcanzar, hoy se nos antoja hueca de contenido o, como poco, otorgada en grado de libertad vigilada; por quién, por los que mueven los hilos desde la cima del mundo, justo ellos: los dueños del dinero artífices de la especulación.

Admiro en estos días las revoluciones que se han puesto en marcha en los países árabes, y las admiro porque me sorprende que aun queden ciudadanos en el mundo que luchen por la libertad con el convencimiento de que la libertad real existe; me entusiasma pensar que haya quien lo piensa, yo a estas alturas sostengo que la liberación absoluta sólo radica en uno mismo.

Pero esa es otra revuelta…