sábado, 27 de agosto de 2016

Yo Estuve Allí.



Bastante antes de comenzar la actuación, el estadio Vicente Calderón ya estaba abarrotado de gente que no se quería perder la primera actuación de los Rolling Stones en la capital. Tantos años escuchándoles y, por fin, podríamos verlos en directo. Genial. Yo no me lo podía perder. Acudí por mi cuenta pensando que allí me encontraría con algún amigo con quien compartir experiencia; solo me topé con un fan del grupo que me reconoció, pero no era esa la mejor compañía para aquel evento. Como pude, me escapé hasta las gradas y allí me acomodé de anónimo. A mi izquierda dos chicas y al otro lado una pareja hambrienta devorando respectivos e inmensos bocatas; hasta a mí se me atragantaba tanto pan y tanta panceta, menos mal que, haciendo equilibrios, portaba conmigo una cerveza de buen tamaño.

El calor era tal que alguien decidió, con mucho acierto, que comenzaran a regar al público más cercano al escenario; justo a los que llevaban más tiempo soportando una terrible solanera. Afortunadamente el sol dio tregua, el cielo se fue encapotando y comenzó a soplar un viento que zarandeaba amenazante una trenza gigante de globos que había sobre el escenario. Para cuando apareció la banda sobre el escenario una conjunción mágica de relámpagos y truenos vino a certificar que, quienes tocaban esa noche en Madrid, eran sus “satánicas majestades”; por si fuera que no nos habíamos enterado. La lluvia caía aún con más ganas que cuando lo de Noe, pero la gente, encantada, no dejaba de saltar mientras sonaba Under My Thumb y una energía insospechada nos invadió a todos; tanto así que, la chica de mi izquierda, con la que no había intercambiado palabra alguna, se me abrazó. Le dije que, por mí, no se cortara, que podía considerarme como de su familia pero, para ella, fui un ser trasparente durante el resto del concierto.

Aquel 7 de julio de 1982 quedó esculpido en la memoria de todos los que allí estuvimos como un hecho irrepetible; como así ha sido, por muchas veces que hayan regresado, o regresen, los Rolling Stones a Madrid. Y no creo que haya quedado así porque el concierto fuera una exquisitez, no, para nada; sencillamente porque allí nos reunimos una generación que habíamos crecido en un entorno lleno de prohibiciones pero, a pesar de ello, desarrollando rasgos que nos han terminado identificando de por vida. La música nos llevó al estadio pero era solo el reclamo. Creo que, en realidad necesitábamos sentir cuántos éramos… y fuimos muchos.

Pues bien, este 17 de septiembre, en Las Ventas, tengo la sensación que algo así va a suceder. Miles de personas se darán cita alrededor de las bandas pioneras del rock madrileño. Pienso yo, que no lo van a hacer por descubrir en cuan buena forma nos encontramos, qué bien, pero eso es secundario; ni tampoco por hacer un ejercicio de nostalgia pura, sino por salir al encuentro con el que realmente hemos sido, y la mayoría seguimos siendo… Algunos acudirán con sus hijos al concierto, tal vez solo para decirles que, toda esa gente allí convocada, compart, sta ismooejor compañía para esY pensando que este mundo de hoy no es el que proponma nos encontramos, que eso es secundario, sió un tiempo precioso en el que los jóvenes vivíamos la vida con ilusión y con ganas de cambiar todo lo que no nos gustaba. Jóvenes que, por fortuna, no tuvimos que mendigar un puesto de trabajo ni emigrar para encontrarlo. Jóvenes que nos hemos hecho mayores pensando que, este mundo de hoy no es el que proponíamos. No sé si por nuestra culpa.

Allí nos vemos. Feliz reencuentro amigos.


lunes, 15 de agosto de 2016

Y si la historia hubiera sido otra...

Se dice que nuestro entusiasmo comienza a decrecer cuando la mente visualiza más pasado que futuro. No sé si estoy de acuerdo con este aforismo pues, para mí, recordar es recurrir a la fuente de la experiencia y, sin ella, no hay aprendizaje. Los protagonistas de este artículo, permítaseme decirlo, gracias a la memoria, a la experiencia y al empeño por seguir estando, pese a todo, estamos aún sobre los escenarios.

El próximo día 17 de septiembre, de este 2016, se anuncia un concierto de rock al que se ha bautizado con el mismo nombre del primer festival de este género que se hizo en Madrid, allá por 1978: “Rocktiembre”. Eran los años de la transición política y la juventud madrileña demandaba este tipo de eventos que ya venían haciéndose en otros puntos de la geografía hispana. En la mayoría de ellos, tuve la suerte de participar con Asfalto. Ahí comenzó a reconocerse a todas aquellas nuevas bandas que llegábamos con ilusión por entregar una música distinta, una música sincera que viajaba directa al corazón de todos aquellos jóvenes contemporáneos que comenzaban a ejercer el derecho a la libertad. Eramos jóvenes, veinteañeros ilusionados, que llegábamos con vocación de permanecer y, ahí está, viendo el cartel, que, a duras penas, lo hemos conseguido. No tengo duda de que la Plaza de Toros de las Ventas, se va a petar. A todos, público, organizadores y músicos, se nos anuncia una noche maravillosa, "una fiesta homenaje a los pioneros del rock patrio"; alguno así la ha calificado. 

Desde el cariño y sin querer herir la sensibilidad del lector, quisiera contaros una historia, que, evidentemente, no ha sucedido.

Al día siguiente de aquel “Rocktiembre” original, los periódicos hablaban profusamente del evento; los popes de las emisoras de radio más punteras querían entrevistar a las bandas en sus programas; en las semanas posteriores aquellas formaciones que aún no tenían contrato discográfico, lo tuvieron; los promotores de conciertos más reticentes, comenzaron a contratar con meses de antelación; Asfalto, cuatro semanas después, se presentaba en el Marquee londinense (esto es cierto lo que sigue no), la sala no se petó pero la televisión nacional dio la noticia ya que se trataba de un hito hasta ahora inédito: que una banda de rock española tocara en Inglaterra. Y así, se vio como, en pocos meses, el llamado rock cantado en español, comenzaba a difundirse y extenderse por todo el continente am. Giras y márnacionales meses el llamado rock cantado en español comenzaba a difundirse y extenderse por todo el continente amesericano. Giras internacionales hicieron que el volumen de venta de discos llegara a superar cifras inimaginables… Y el sueño, al fin, se había hecho realidad.

Por efecto de todo aquello, por décadas, las bandas se consolidaron y, de aquellos músicos, pudo manar todo el talento que portaban. Los integrantes de aquellas formaciones vieron crecer su nombre y su prestigio. Sintieron sobradamente recompensado su esfuerzo... sin padecer la necesidad perentoria de tener que dedicarse a otras cosas.


Nos vemos en Las Ventas.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Otra Navidad

La Navidad llega todos los años. Ya se encargan de recordárnoslo. ¡Cómo para olvidarlo!…

Aquella “marimorena” que se embelesaba en el Belén viendo beber a "los peces en el río", ha sido sustituida por un abeto plasitificado decorado con bolitas de colores y lucecitas led. A cuyo alrededor, un tipo nórdico con tripón cervecero, porta un saco donde no lleva regalos, ¡que va! todos sabemos que en él carga con la “pasta” del asalto a los bolsillos de la ciudadanía, rumbo a las tierras del norte. ¡Ay amigo!… Todo ha quedado reducido en un "pasen, vean y de paso péguenle un calentón a la tarjeta de crédito…”; si es que no se la ha retirado "papa banco", igual que se hace con los niños cuando dan mal uso a un juguete prestado. 

A lo largo y ancho de mi vida, estas fechas han provocado en mí diferentes sensaciones. Os voy a decir que, de niño, eran un tiempo de asueto en el que se compartía, con la familia y los vecinos, más de lo que se tenía; buenos momentos con sabor a turrón y polvorones; tiempo de la llegada de algún regalo de sus magas majestades (la única monarquía que alguna vez tuve en consideración). Después, ya de jóvenes, las Navidades pasaron a ser tiempo de más fiestas, de más beber y más comer; tiempo de pasarlo bien con los amigos y de algún escarceo amoroso a la fría luz de una luna de San Silvestre. Años después, ya inmerso en la función de padre, junto a mi pareja, los dos como locos, anduvimos empeñados en dar un motivo adicional de alegría a nuestros hijos; tiempo de regalos, tiempo de gastos desmedidos que terminaban obligándonos a dar tremendas pedaladas para remontar la susodicha cuesta de enero. Con los chicos ya mayores, estas fiestas se convirtieron en un tiempo de "ni fu ni fa”; si acaso noches de preocupación porque no fueran a regresar a casa con algún desperfecto. Y así han pasado muchas Navidades como esta que se nos presenta. Al final, hemos llegado hasta hoy, donde, a duras penas, conseguimos juntarnos todos alrededor de una mesa. Es lo que toca, dice mi mujer. Lo cierto es que, normalmente solos, terminamos brindando con las campanadas por nosotros dos y porque el destino nos permita hacer lo mismo el año que viene.   

Estas fechas no consiguen evitar que me acuerde de quienes ya no están, especialmente de mis padres. Es normal, le suele suceder a casi todos aquellos que tenemos memoria y gratitud. Es por eso que he ilustrado este comentario con una foto de las Navidades de 1956. Con mi gorrita, acompañaba a mi padre, de luto por la muerte del suyo, a recoger el “paquete”; un obsequio que cada año hacia una sociedad ferroviaria a sus asociados. Aquel regalo, junto al canto de los niños del colegio San Ildefonso, anunciaba que las fiestas navideñas ya eran cosa cierta. Cargados con el paquete acudíamos raudo a casa para que fuera mi madre quien lo abriera. Toda una sorpresa lo que en él hubiera, así lo percibía, aunque mis padres sabían de su contenido: de la botella de anís El Mono y la de coñac Fundador; de las dos tabletas de turrón: la del duro y la del blando; de una barra de chorizo y otra de salchichón; de un paquete de café y un bote de melocotón en almíbar y… ¡tatachán!: allí estaba la cajita de figuritas de mazapán. Lo más. Mi madre, muy golosa ella, la desprecintaba al tiempo que exclamaba un “ooooh” larguísimo y, haciéndome un guiño, daba por inaugurada la Navidad comiéndose aquel manjar: una pieza con forma de patito que, en complicidad, repartía conmigo; porque no era cosa de comernos una cada uno, porque tenían que llegar, la noche de Nochebuena, hasta la bandeja de cristal que todo el año había permanecido en la vitrina del aparador y a la que sólo se le quitaba el polvo para aquella única y señalada ocasión. 

Mejor no sigo contando estas cosas porque habrá quien no las crea y piense que es mera invención, pero yo os prometo que, en mi casa, éramos tan pobres que por no tener, no teníamos ni hambre. Tal vez por eso sigo considerando mucho a los que, aún teniendo, no dejan de tener cada vez más hambre. 

Feliz Navidad. 

martes, 23 de junio de 2015

Motivos y Motivaciones

El próximo 3 de Julio, regresaré con Asfalto a La Robla (León). 

Mi relación con este pueblo carbonero se inició allá por 1971, cuando Los Handicap (los de la foto) acudíamos hasta allí contratados para actuar en una sala de fiestas dominguera, exáctamente, si la memoria no me falla: Sala Panacar, así creo que se denominaba. Su dueño, un fornido leonés llamado "Vicentin el Carnicero" era, y espero que lo siga siendo, un personaje amable y bonachón. El viaje desde Madrid lo hacíamos en un "seiscientos", los equipos viajaban en una furgoneta DKW donde no había sitio para todos nosotros. Saliamos bien temprano y llegábamos como a mediodía. Montábamos los equipos, probábamos durante largo tiempo y hacíamos algo así como tres horas de tocada en dos o tres pases. Después de la actuación, a eso de la medianoche, emprendíamos viaje de regreso porque la cosa no daba como para hospedaje, además, de ser domingo, tenía que fichar antes de las 8 de la mañana en la oficina. Sólo conducía yo y, por suerte, no terminamos como algunos otros. Cuanto sueño pasé conduciendo a través de aqellas carreteras del Plan Redia, en aquellos inviernos mesenterios soportando inclemencias; la peor de todas: la peligrosa niebla nocturna. Horas conduciendo, cansado como para tirarme al suelo pero obsesionado con llegar, frente a una especie de muro blanco, con miedo a salirnos de la carretera, o peor todavía, somnoliento como iba, no invadir el carril izquierdo contra el tráfico que venía de frente. 

Qué cantidad de locuras se hacen a los veinte años. Y todo por amor, el que le teníamos a la música. No había nada más importante en nuestras vidas que pisar escenarios.

Ahora regreso con toda la confortabilidad de los viajes en este tiempo pero seguro que, cuando vuelva a divisar el mismo paisaje, éste jamás me será ajeno y su visión conseguirá trasladar mi memoria a unos tiempos tan diferentes en los que, la mayor parte de los chavales que decidimos ponernos a tocar, lo hacímos sin pensar en llegar a ser profesionales: simplemente tocábamos porque lo queríamos hacer, nos divertía y punto. No hacía falta más motivo.

Cuánto queda en mí de aquello, lo pienso y sin dudar, la respuesta es todo. Sigo viajando motivado a tope por visitar nuevos escenarios. Lo hago con la ilusión intacta, aunque tal vez no sea exáctamente la misma de antaño, porque la vida ha ido moderando mucho las expectativas; pero eso sí, sobre la tarima, en el momento en que todo comienza a sonar, vuelvo a sentir el dulce abrazo de esta maldita amada que un día me cogíó por la entrepierna y no termina de soltarme. Y que se le ocurra hacerlo...

miércoles, 1 de abril de 2015

In Memoriam

Me llega la noticia del fallecimiento de Sonia, una mujer joven a quien le ha llegado la hora de abandonar este mundo tal vez prematuramente. 

Ante la muerte nos planteamos la reflexión de cuan poco somos y lo efímero de nuestro paso por la vida. Y en esas podemos tomar en positivo que todo es relativo en el acontecer de nuestro paso por aquí y que lo único que es definitivo es la muerte. Pero la muerte nos asusta. Nos viene asustando desde que el hombre tuvo consciencia de sí mismo y se alejó de su naturaleza animal. Tal vez es por eso que, en la mayor parte de las diferentes culturas y civilizaciones, el hombre tiende a querer trascender a la muerte, y ahí, las religiones, nos colocaron sus dogmas de fe. Para quien encuentra en ello respuesta a sus dudas, o su consuelo, bien, me alegro por ellos. Para los que entendemos la espiritualidad como la esencia de nuestra alma individual, para nosotros, la muerte no es el fin, ya que aquellas personas queridas que se nos van, no lo hacen del todo; definitivamente porque su recuerdo queremos pensar que les mantiene vivos en nosotros. 

A todos los amigos de Sonia, a los que la conocisteis de cerca y la amasteis, deciros que encontrareis consuelo a su ausencia si la traéis en vuestro pensamiento y en vuestras conversaciones; si la seguís haciendo hueco entre vosotros; si paseáis por donde lo hacía ella; si seguís compartiendo justos el mismo espacio en el que ella respiraba; si escucháis la misma música que ella amaba… En cualquiera de esos instantes veréis que sí, que sentiréis que Sonia está presente. 

Hace unos años escribí una historia de amor y muerte, y la hice canción. La canción se titula “In Memoriam” y se incluyó en “Vía Cortada al Paraíso". Pienso que es una canción bella. Si escucháis el texto, veréis que trata de enviar un mensaje positivo: “hace treinta años que te perdí, pero tengo la sensación de que no te fuiste del todo, te quedaste viviendo a través de mí, tú viste lo que vieron mis ojos, escuchaste lo que yo escuché…”

https://open.spotify.com/album/1kmyzPwB3maRzrkKfRafdl 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Asfalto presenta hoy "El Color de lo Invisible"


Y llegó el día 11 de septiembre, fecha ampliamente anunciada para la presentación del nuevo disco de Asfalto. 

Quisiera hacer desde aquí una glosa de esta criatura a la que he entregado mucha dedicación en los últimos meses, dedicación amorosa para un fin feliz.

El título de este álbum se le ocurrió a Arturo García, nuestro actual batería. A todos nos pareció una frase perfecta porque expresa, que ni a propósito, el concepto alrededor del cual gira el contenido de la mayor parte de las piezas que lo integran: el universo emocional del individuo.  

El disco que, supongo tienes, o en algún momento tendrás en tus manos, huye despavorido de corsés estilísticos. De verdad que, a estas alturas, nos importa poco obligarnos a ceñir el discurso musical en una orientación premeditada. Para nosotros, la música es mucho más que un género. La música es, en esencia, un vehículo a través del cual, los músicos implicados intentamos proyectar nuestro pensamiento y nuestras emociones, y, por derecho, somos quienes decidimos como hacerlo. Puede que ese eclecticismo, en este caso, dote a este álbum de una riqueza añadida. No lo sé, ya me diréis. De verdad que esta obra no rinde cuentas con nadie, nace de nuestra creatividad sólo para hacernos felices a nosotros mismos; que es la forma más digna de debitarnos con quienes demandan de nosotros, al menos, la expresión de un sentimiento sincero.

Comenzó a gestarse hace más o menos un año. No es que nos haya llevado mucho tiempo parirlo, sencillamente las cosas tienen el ritmo que pueden tener y no siempre el deseado. Y es que, en la actualidad, en la plantilla de Asfalto, todos somos fijos discontinuos, en espera de un mejor contrato laboral… que en ello estamos.

Los temas fueron elegidos, de entre un total de 24 propuestas, en un proceso asquerosamente democrático que dejó, sobre el banco de trabajo, tal vez, algunas buenas piezas que se vieron relegadas a la suplencia en espera de que tomen mejor forma. De vez en cuando se observa que algunas entrenan, otras han pedido causar baja en la plantilla...

Le encasquetamos la responsabilidad de la producción a un joven pleno de ímpetu, e ilusión a raudales por hacer bien las cosas: Paul Castejón. Lo decidimos así, entre todos, no porque fuera hijo de quien escribe, sino porque acreditaba razones más que suficientes para poder llevarnos la contraria, especialmente a mí. Ahí están sus trabajos. Las brillantes colaboraciones que viene haciendo en los shows de la banda, han conseguido declinar en él nuestra confianza. Ya sabéis, si algo no os gusta como suena, reclamarle: paul@paulcastejon.com

La grabación se hizo mayormente en el estudio de Sinestesia, aunque algunos instrumentos se grabaron en otros lugares. Anda por ahí un libro, ya escrito, en el que entre otras cosas, se dará cuenta de qué toca cada cual y qué instrumentos utiliza; ya sé que no es materia esencial, pero siempre hay quien ansía conocer cuantos más datos mejor. Gustosos los damos.

Para terminar, decir que en todo momento hemos supeditado lo que tocamos al concepto que, a nuestro criterio, cada tema requiere sin importarnos optar por derivas musicales tal vez dispares. Hemos pintado este cuadro utilizando toda la gama de colores que había en nuestra paleta; con el gusto que lo hemos hecho, os corresponde a vosotros juzgarlo.

Desde el primer momento ha sido nuestro deseo entregar una obra meticulosa, asumiendo que el objetivo era mostrarnos tal cual somos en la búsqueda de la excelencia. Los que nos conocéis de antiguo, sabéis que Asfalto jamás ha intentado imitarse así mismo y, en esas, de siempre, en cada época, hemos buscado explorar nuevos horizontes musicales por considerar que se encontraban al alcance de nuestras posibilidades. Lo hicimos a través de caminos que, puedo afirmar, se mostraron como una experiencia apasionante y enriquecedora. Nunca le hicimos asco a todo lo nuevo que la tecnología sonora nos proponía y, así, ahí están discos en los que hace más de 30 años ya se escuchan sonidos que sólo unos pocos se atrevían a incluir en la arquitectura del rock de por aquí. El purismo, es como los dogmas: hay que tener fe para aceptarlos, yo estoy encantado con mi agnosticismo y pienso que el resto de la banda también.

Particularmente revelaros que grabando algunas de estas canciones he sentido mucha  emoción, y sí en algún momento sentís que la voz se me quiebra es que así fue. Sigo pensando que las canciones sinceras, esas que nacen de un momento especial, de un sentimiento puro, justo esas, terminan conmoviendo a quien las escucha, pero también a quien las interpreta.


En nombre de mis compañeros, y en el mío, decir que si decidís acompañarnos en este viaje, claro que nos sentiremos felices y sobre todo: muy agradecidos.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Imágenes en blanco y negro, bajo la luz de la luna llena.

Me encuentro sereno bajo un cielo majestuoso presidido por una luna llena que juega a esconderse tras el paso de unas nubes que anuncian otoño inminente. Puede que esta sea una de las últimas noches de verano en la meseta. Al borde de la medianoche, el ritmo vital se apacigua y es como que el fluir de las horas se dilata suavemente. El gato se niega a regresar a casa y yo a meterme en la cama, él no creo que esté ni triste ni azul, ni yo melancólico, pero escucho música antigua, música que me traslada dulcemente a los tiempos en los que decidí que quería ser sólo músico.

Conecto por Internet con una de esas emisoras que emiten desde quién sabe qué parte de la superficie del globo terráqueo, ni me importa desde donde lo haga. Me importa que todo lo que escucho me estimula, me provee de paz de espíritu y me conecta sosegadamente con recuerdos no olvidados, pero que adormecen en esa parte del cerebro donde se almacena lo que no preciso a diario. Son recuerdos de otros tiempos que hoy visualizo en blanco y negro a través de unas deterioradas fotos viejas que de vez en cuando desempolvo. Son instantáneas, muchas de ellas tomadas con la “Werlisa” que compramos a medias Enrique Cajide y yo, que reflejan momentos felices, momentos apasionados. ¡Dios, si por la magia de un momento pudiera regresar para observar en color todo lo que hoy no soy capaz de ver!

Ahora mismo suena “Penny Lane” y mi mente se traslada a la mañana de un domingo en la que, un grupo de amigos del barrio, jugábamos a escalar el Himalaya en La Pedriza. Recuerdo una radio a pilas sonando en el silencio de un pedregal, mientras nos comíamos el bocata que cada cual portaba en la mochila que traíamos de casa. Y mientras subíamos, bajábamos, cruzábamos arroyos… yo no dejaba de pensar en ella. Me moría por volverla a ver y, casi toda una vida despues, en una noche como ésta, me gustaría podérselo contar. Pero su imagen se difuminó hace ya mucho tiempo en mi mente y, aunque me la encontrara de frente, jamás la podría reconocer. Y qué más da.

Dejamos de ser quien fuimos en el momento en que nuestra imagen se proyecta fuera de tiempo. Ya todo lo que puedo hacer es imaginármela en una canción que cantársela a quien ni tan siquiera formó parte de aquel tiempo. Hay tantas vidas en una sola vida.

Levanto la mirada al cielo tranquilo que me cobija y le doy las gracias a la luna que hace de esta noche una noche perpetua, atemporal. Enciendo un cigarro, yo que dejé de fumar hace más de un cuarto de siglo, y dejo que el humo me adormezca y poco a poco siento la necesidad de poner mi cuerpo en posición horizontal y esperar a que la mañana despunte amable. Me reconforta tanto poder expresar cuanto amo la vida en momentos como éste.


Y el gato sigue sin venir.