sábado, 11 de febrero de 2017

Gracias... Mereció la pena.

A estas horas se cumplen siete días de un momento histórico en mi carrera de músico. Disculparme si, en estos días, no he sido capaz de escribir nada, de responder al menos con algunas palabras a todos los mensajes afectivos que me han llegado. Esta tarde lluviosa, en la paz de mi sitio favorito, reviso fotos y me impregno a través de ellas del torbellino de recuerdos que han quedado esculpidos en mi mente para siempre.

Mi relación con la música me viene de niño. No sé en que momento descubrí que aquello me importaba más que nada; tal vez, la muerte de mi padre, cuando yo sólo tenía 14 años, aceleró ese afán en mí. “Unchained Melody” sonaba en la Editorial Hispania a todas horas, acababan de conseguir representar para España los derechos editoriales de aquella maravilla. Yo trabajaba de chico de los recados. En aquel otoño de 1965 la Gran Vía madrileña (Av. De José Antonio en la nomenclatura franquista) presentaba un aspecto muy cosmopolita. “Mary Poppins” colas en el cine Avenida; “Satisfaction” de los Rolling Stones sonando en la sinfonola de los Billares Callao; primeros cabellos largos en los chicos, pantalones campana de talle bajo; chicas en minifalda con jerséis de cuello alto, a la moda “op-art”… En fin, pareciera que la modernidad era cosa irrefrenable en la sociedad juvenil contemporánea de una ciudad, aún bajo la cautela de las fuerzas del orden,  que intentaba, por fin, deshacerse del rancio olor del “nacionalcatolicismo”. Era aquella una imagen que invitaba a soñar con un futuro infinitamente más luminoso.

Pero la tristeza me abatía intentando asumir mi recién orfandad. En esos momentos, cuando no me escuchaba nadie, cantaba. Lo hacía mientras ordenaba partituras en un viejo almacén, en el lavabo, mientras me desplazaba por la calle… Lo hacía como quien se aplica un ungüento para evitar el escozor; en mi caso, yo sin saberlo, supongo que para suavizar las arrugas de mi alma cada vez que la imagen de mi padre, yaciendo en el suelo, ya cadáver, regresaba obsesivamente a mi mente. Fue entonces que descubrí en la música algo capaz de transformar en mí la percepción de la realidad. Aquello me hacía tanto bien. 

Debitado con ella, o no, simplemente porque ella me había elegido a mí, ya no encontré mejor cosa que hacer que escuchar música y fue que comencé a tocar una guitarra comprada a plazos. A los 18 años, justo el 24 de agosto de 1969, debuté con los Handicap. Era un cuarteto guitarrero, que se decía, que iba tocando por los pueblos aquellas canciones que sonaban en la radio. Deseaba entusiasmado que llegara el fin de semana para poder hacerlo.

Entre aquel día y este 4 de febrero, se me ha pasado la vida. Si alguien en aquellos años me hubiera vaticinado que lo del pasado sábado se fuera a producir, le hubiera respondido que no era mío aquel sueño. Y es que los que hemos nacido destinados a una vida humilde, las películas no mucho nos las creemos. Siento que preferimos transformar de a poco nuestra existencia; si es que el destino quiere que ello sea posible.

Y así fue, nada vino reglado, nada se nos dio de gratis. Tanto así que Asfalto murió de inanición varias veces; cuando no desfondado ante la lucha del día a día, ante el dolor de las heridas que nos auto infligimos en ese ejercicio obligado de la convivencia que no siempre sabemos hacerla amable. Una y otra vez me vi recomponiendo los restos del naufragio, cosiendo velas para que el barco volviera a navegar por el mismo mar hostil. Qué difícil… España no es país donde sembrar detalles, aquí se emiten y se captan mensajes escritos en trazo grueso, si no, terminan diluidos. Afortunadamente parece que algunos de esos detalles que distinguen la música que hicimos, han llegado a cierta gente y es entonces que ha cobrado sentido tanto esfuerzo. Esfuerzo del que me quiero olvidar porque no hay esfuerzo baldío, sin el tuyo, sin el mío; como decían nuestros abuelos: sarna con gusto no pica. Y si volviera a nacer pediría que no me falte nada, ni nadie, de cuanto y cuantos han acompañado este proyecto. Uno ha llegado a ser el que es gracias al camino que me enseñó a caminar y a toda la gente que recorrió a mi lado parte del mismo. Pena me da que algunos se hayan perdido en medio del bosque al abandonarlo, pido para ellos el mismo aplauso.

La otra noche dejó patente que la gente ha incorporado la música de Asfalto, que no sólo es la mía, a la banda sonora de su vida. Fruto de ese arraigo pude vivir sobre el escenario uno de los momentos más hermosos. Jamás lo olvidaré.

Sólo me resta dar las gracias a todos los que hicieron posible el show, los que visteis sobre el escenario y, muy importante, los que lo procuraron desde abajo. Podría abrir una lista enorme de gente que, bajo la dirección de Johan Cheka, actual mánager de la banda, ha intervenido, pero no lo voy a hacer porque estoy seguro que, con mi mala cabeza, me olvidaría de alguien que no sería justo olvidar.

Amigos, ha sido toda una vida, pero vivirla, podéis creerme que ha merecido la pena. Volvería a repetirla igual.

Gracias.    


Fotos: F.R.García  y J.C.Diáz

jueves, 20 de octubre de 2016

38º Aniversario, Asfalto en Londres.

Se cumplen 38 años de aquel 20 de octubre de 1978. Puede que la fecha no represente gran cosa para la mayoría pero, para todos los que un día apostamos por hacer rock cantado en español, pienso que algo debiera significar. Aquella tarde gris oscura de otoño londinense, por primera vez actuaba una banda española en el corazón de la capital del Reino Unido. Un hito, públicamente relativo, pues de alguna manera la noticia pasó más que desapercibida en España y, por supuesto, no fue noticia ninguna en el país que acogía el concierto.

Cuando a eso de las 8 de la tarde, nos subimos al escenario del Marquee, en pleno Soho londinense, tuve dos sensaciones encontradas; por un lado pensé que mis pies pisaban las mismas tablas que antes habían pisado los más grandes del rock; por otro un poso de tristeza: ya que, el que tal vez por entonces era el grupo de rock español más significado, se veía entrando en Inglaterra por la puerta de atrás como simple telonero de una banda de punk (Bram Tchaikovsky). Un público, en su mayoría español, se acercó a escucharnos.

Sería absurdo que me hubiera esperado otra cosa ya que tenía claro dónde estábamos, pese a mis veintitantos. Cuando terminó el concierto sólo deseaba que las fotos hubieran quedado bien. Jamás regresamos y, si lo hiciéramos algún día, espero que sea con otro tipo de dignidad pues, de no ser así, un servidor preferiría quedarse en casa.

Para terminar, decir que hace algo más de un año tuve la ocasión de conocer personalmente a un músico, mito de mi adolescencia. Hablo de Enrique Lozano. Puede que a casi nadie le diga nada este nombre pero os puedo decir que él, formando parte de su banda Los Iberos , fue el primer grupo de pop español en girar por Inglaterra. Hablo de algo así como 1962/63/64… no más. Es justo reconocer este nombre como el de los realmente pioneros en emprender la “british adventure”.


sábado, 27 de agosto de 2016

Yo Estuve Allí.



Bastante antes de comenzar la actuación, el estadio Vicente Calderón ya estaba abarrotado de gente que no se quería perder la primera actuación de los Rolling Stones en la capital. Tantos años escuchándoles y, por fin, podríamos verlos en directo. Genial. Yo no me lo podía perder. Acudí por mi cuenta pensando que allí me encontraría con algún amigo con quien compartir experiencia; solo me topé con un fan del grupo que me reconoció, pero no era esa la mejor compañía para aquel evento. Como pude, me escapé hasta las gradas y allí me acomodé de anónimo. A mi izquierda dos chicas y al otro lado una pareja hambrienta devorando respectivos e inmensos bocatas; hasta a mí se me atragantaba tanto pan y tanta panceta, menos mal que, haciendo equilibrios, portaba conmigo una cerveza de buen tamaño.

El calor era tal que alguien decidió, con mucho acierto, que comenzaran a regar al público más cercano al escenario; justo a los que llevaban más tiempo soportando una terrible solanera. Afortunadamente el sol dio tregua, el cielo se fue encapotando y comenzó a soplar un viento que zarandeaba amenazante una trenza gigante de globos que había sobre el escenario. Para cuando apareció la banda sobre el escenario una conjunción mágica de relámpagos y truenos vino a certificar que, quienes tocaban esa noche en Madrid, eran sus “satánicas majestades”; por si fuera que no nos habíamos enterado. La lluvia caía aún con más ganas que cuando lo de Noe, pero la gente, encantada, no dejaba de saltar mientras sonaba Under My Thumb y una energía insospechada nos invadió a todos; tanto así que, la chica de mi izquierda, con la que no había intercambiado palabra alguna, se me abrazó. Le dije que, por mí, no se cortara, que podía considerarme como de su familia pero, para ella, fui un ser trasparente durante el resto del concierto.

Aquel 7 de julio de 1982 quedó esculpido en la memoria de todos los que allí estuvimos como un hecho irrepetible; como así ha sido, por muchas veces que hayan regresado, o regresen, los Rolling Stones a Madrid. Y no creo que haya quedado así porque el concierto fuera una exquisitez, no, para nada; sencillamente porque allí nos reunimos una generación que habíamos crecido en un entorno lleno de prohibiciones pero, a pesar de ello, desarrollando rasgos que nos han terminado identificando de por vida. La música nos llevó al estadio pero era solo el reclamo. Creo que, en realidad necesitábamos sentir cuántos éramos… y fuimos muchos.

Pues bien, este 17 de septiembre, en Las Ventas, tengo la sensación que algo así va a suceder. Miles de personas se darán cita alrededor de las bandas pioneras del rock madrileño. Pienso yo, que no lo van a hacer por descubrir en cuan buena forma nos encontramos, qué bien, pero eso es secundario; ni tampoco por hacer un ejercicio de nostalgia pura, sino por salir al encuentro con el que realmente hemos sido, y la mayoría seguimos siendo… Algunos acudirán con sus hijos al concierto, tal vez solo para decirles que, toda esa gente allí convocada, compart, sta ismooejor compañía para esY pensando que este mundo de hoy no es el que proponma nos encontramos, que eso es secundario, sió un tiempo precioso en el que los jóvenes vivíamos la vida con ilusión y con ganas de cambiar todo lo que no nos gustaba. Jóvenes que, por fortuna, no tuvimos que mendigar un puesto de trabajo ni emigrar para encontrarlo. Jóvenes que nos hemos hecho mayores pensando que, este mundo de hoy no es el que proponíamos. No sé si por nuestra culpa.

Allí nos vemos. Feliz reencuentro amigos.


lunes, 15 de agosto de 2016

Y si la historia hubiera sido otra...

Se dice que nuestro entusiasmo comienza a decrecer cuando la mente visualiza más pasado que futuro. No sé si estoy de acuerdo con este aforismo pues, para mí, recordar es recurrir a la fuente de la experiencia y, sin ella, no hay aprendizaje. Los protagonistas de este artículo, permítaseme decirlo, gracias a la memoria, a la experiencia y al empeño por seguir estando, pese a todo, estamos aún sobre los escenarios.

El próximo día 17 de septiembre, de este 2016, se anuncia un concierto de rock al que se ha bautizado con el mismo nombre del primer festival de este género que se hizo en Madrid, allá por 1978: “Rocktiembre”. Eran los años de la transición política y la juventud madrileña demandaba este tipo de eventos que ya venían haciéndose en otros puntos de la geografía hispana. En la mayoría de ellos, tuve la suerte de participar con Asfalto. Ahí comenzó a reconocerse a todas aquellas nuevas bandas que llegábamos con ilusión por entregar una música distinta, una música sincera que viajaba directa al corazón de todos aquellos jóvenes contemporáneos que comenzaban a ejercer el derecho a la libertad. Eramos jóvenes, veinteañeros ilusionados, que llegábamos con vocación de permanecer y, ahí está, viendo el cartel, que, a duras penas, lo hemos conseguido. No tengo duda de que la Plaza de Toros de las Ventas, se va a petar. A todos, público, organizadores y músicos, se nos anuncia una noche maravillosa, "una fiesta homenaje a los pioneros del rock patrio"; alguno así la ha calificado. 

Desde el cariño y sin querer herir la sensibilidad del lector, quisiera contaros una historia, que, evidentemente, no ha sucedido.

Al día siguiente de aquel “Rocktiembre” original, los periódicos hablaban profusamente del evento; los popes de las emisoras de radio más punteras querían entrevistar a las bandas en sus programas; en las semanas posteriores aquellas formaciones que aún no tenían contrato discográfico, lo tuvieron; los promotores de conciertos más reticentes, comenzaron a contratar con meses de antelación; Asfalto, cuatro semanas después, se presentaba en el Marquee londinense (esto es cierto lo que sigue no), la sala no se petó pero la televisión nacional dio la noticia ya que se trataba de un hito hasta ahora inédito: que una banda de rock española tocara en Inglaterra. Y así, se vio como, en pocos meses, el llamado rock cantado en español, comenzaba a difundirse y extenderse por todo el continente am. Giras y márnacionales meses el llamado rock cantado en español comenzaba a difundirse y extenderse por todo el continente amesericano. Giras internacionales hicieron que el volumen de venta de discos llegara a superar cifras inimaginables… Y el sueño, al fin, se había hecho realidad.

Por efecto de todo aquello, por décadas, las bandas se consolidaron y, de aquellos músicos, pudo manar todo el talento que portaban. Los integrantes de aquellas formaciones vieron crecer su nombre y su prestigio. Sintieron sobradamente recompensado su esfuerzo... sin padecer la necesidad perentoria de tener que dedicarse a otras cosas.


Nos vemos en Las Ventas.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Otra Navidad

La Navidad llega todos los años. Ya se encargan de recordárnoslo. ¡Cómo para olvidarlo!…

Aquella “marimorena” que se embelesaba en el Belén viendo beber a "los peces en el río", ha sido sustituida por un abeto plasitificado decorado con bolitas de colores y lucecitas led. A cuyo alrededor, un tipo nórdico con tripón cervecero, porta un saco donde no lleva regalos, ¡que va! todos sabemos que en él carga con la “pasta” del asalto a los bolsillos de la ciudadanía, rumbo a las tierras del norte. ¡Ay amigo!… Todo ha quedado reducido en un "pasen, vean y de paso péguenle un calentón a la tarjeta de crédito…”; si es que no se la ha retirado "papa banco", igual que se hace con los niños cuando dan mal uso a un juguete prestado. 

A lo largo y ancho de mi vida, estas fechas han provocado en mí diferentes sensaciones. Os voy a decir que, de niño, eran un tiempo de asueto en el que se compartía, con la familia y los vecinos, más de lo que se tenía; buenos momentos con sabor a turrón y polvorones; tiempo de la llegada de algún regalo de sus magas majestades (la única monarquía que alguna vez tuve en consideración). Después, ya de jóvenes, las Navidades pasaron a ser tiempo de más fiestas, de más beber y más comer; tiempo de pasarlo bien con los amigos y de algún escarceo amoroso a la fría luz de una luna de San Silvestre. Años después, ya inmerso en la función de padre, junto a mi pareja, los dos como locos, anduvimos empeñados en dar un motivo adicional de alegría a nuestros hijos; tiempo de regalos, tiempo de gastos desmedidos que terminaban obligándonos a dar tremendas pedaladas para remontar la susodicha cuesta de enero. Con los chicos ya mayores, estas fiestas se convirtieron en un tiempo de "ni fu ni fa”; si acaso noches de preocupación porque no fueran a regresar a casa con algún desperfecto. Y así han pasado muchas Navidades como esta que se nos presenta. Al final, hemos llegado hasta hoy, donde, a duras penas, conseguimos juntarnos todos alrededor de una mesa. Es lo que toca, dice mi mujer. Lo cierto es que, normalmente solos, terminamos brindando con las campanadas por nosotros dos y porque el destino nos permita hacer lo mismo el año que viene.   

Estas fechas no consiguen evitar que me acuerde de quienes ya no están, especialmente de mis padres. Es normal, le suele suceder a casi todos aquellos que tenemos memoria y gratitud. Es por eso que he ilustrado este comentario con una foto de las Navidades de 1956. Con mi gorrita, acompañaba a mi padre, de luto por la muerte del suyo, a recoger el “paquete”; un obsequio que cada año hacia una sociedad ferroviaria a sus asociados. Aquel regalo, junto al canto de los niños del colegio San Ildefonso, anunciaba que las fiestas navideñas ya eran cosa cierta. Cargados con el paquete acudíamos raudo a casa para que fuera mi madre quien lo abriera. Toda una sorpresa lo que en él hubiera, así lo percibía, aunque mis padres sabían de su contenido: de la botella de anís El Mono y la de coñac Fundador; de las dos tabletas de turrón: la del duro y la del blando; de una barra de chorizo y otra de salchichón; de un paquete de café y un bote de melocotón en almíbar y… ¡tatachán!: allí estaba la cajita de figuritas de mazapán. Lo más. Mi madre, muy golosa ella, la desprecintaba al tiempo que exclamaba un “ooooh” larguísimo y, haciéndome un guiño, daba por inaugurada la Navidad comiéndose aquel manjar: una pieza con forma de patito que, en complicidad, repartía conmigo; porque no era cosa de comernos una cada uno, porque tenían que llegar, la noche de Nochebuena, hasta la bandeja de cristal que todo el año había permanecido en la vitrina del aparador y a la que sólo se le quitaba el polvo para aquella única y señalada ocasión. 

Mejor no sigo contando estas cosas porque habrá quien no las crea y piense que es mera invención, pero yo os prometo que, en mi casa, éramos tan pobres que por no tener, no teníamos ni hambre. Tal vez por eso sigo considerando mucho a los que, aún teniendo, no dejan de tener cada vez más hambre. 

Feliz Navidad. 

martes, 23 de junio de 2015

Motivos y Motivaciones

El próximo 3 de Julio, regresaré con Asfalto a La Robla (León). 

Mi relación con este pueblo carbonero se inició allá por 1971, cuando Los Handicap (los de la foto) acudíamos hasta allí contratados para actuar en una sala de fiestas dominguera, exáctamente, si la memoria no me falla: Sala Panacar, así creo que se denominaba. Su dueño, un fornido leonés llamado "Vicentin el Carnicero" era, y espero que lo siga siendo, un personaje amable y bonachón. El viaje desde Madrid lo hacíamos en un "seiscientos", los equipos viajaban en una furgoneta DKW donde no había sitio para todos nosotros. Saliamos bien temprano y llegábamos como a mediodía. Montábamos los equipos, probábamos durante largo tiempo y hacíamos algo así como tres horas de tocada en dos o tres pases. Después de la actuación, a eso de la medianoche, emprendíamos viaje de regreso porque la cosa no daba como para hospedaje, además, de ser domingo, tenía que fichar antes de las 8 de la mañana en la oficina. Sólo conducía yo y, por suerte, no terminamos como algunos otros. Cuanto sueño pasé conduciendo a través de aqellas carreteras del Plan Redia, en aquellos inviernos mesenterios soportando inclemencias; la peor de todas: la peligrosa niebla nocturna. Horas conduciendo, cansado como para tirarme al suelo pero obsesionado con llegar, frente a una especie de muro blanco, con miedo a salirnos de la carretera, o peor todavía, somnoliento como iba, no invadir el carril izquierdo contra el tráfico que venía de frente. 

Qué cantidad de locuras se hacen a los veinte años. Y todo por amor, el que le teníamos a la música. No había nada más importante en nuestras vidas que pisar escenarios.

Ahora regreso con toda la confortabilidad de los viajes en este tiempo pero seguro que, cuando vuelva a divisar el mismo paisaje, éste jamás me será ajeno y su visión conseguirá trasladar mi memoria a unos tiempos tan diferentes en los que, la mayor parte de los chavales que decidimos ponernos a tocar, lo hacímos sin pensar en llegar a ser profesionales: simplemente tocábamos porque lo queríamos hacer, nos divertía y punto. No hacía falta más motivo.

Cuánto queda en mí de aquello, lo pienso y sin dudar, la respuesta es todo. Sigo viajando motivado a tope por visitar nuevos escenarios. Lo hago con la ilusión intacta, aunque tal vez no sea exáctamente la misma de antaño, porque la vida ha ido moderando mucho las expectativas; pero eso sí, sobre la tarima, en el momento en que todo comienza a sonar, vuelvo a sentir el dulce abrazo de esta maldita amada que un día me cogíó por la entrepierna y no termina de soltarme. Y que se le ocurra hacerlo...