martes, 21 de mayo de 2013

Volvemos p'atrás...


En una vieja caja de madera que lleva conmigo toda la vida y que seguramente también acompañó la de mi madre, conservo algunos objetos llenos de valor sentimental.

Me sirven para, a través de ellos, anclar la memoria familiar. Dentro, mi madre depositaba detalles, recordatorios, joyas sin otro valor que no sea el de servir de estímulo a la memoria. Principalmente fotos. Viejas fotos que he seguido conservando y que, de vez en cuando, miro como si, a través de ellas, pudiera colarme en el tiempo en el que fueron tomadas. De tanto observarlas, creo que me las sé todas. Pero aun así las he seguido mirando una y otra vez bajo muy diferentes estados de ánimo, siempre con gran necesidad de hacerlo.

Muchos no recuerdan la fecha concreta del día de su primera comunión. Yo la sé porque hay en esa caja uno de aquellos recordatorios que decían eso de: “El niño fulanito de tal, hizo su primera comunión en compañía de su familia y amiguitos el día tal y tal… en la Parroquia de, etc….  Es por eso que puedo dar fe que el domingo 21 de junio de 1961, servidor recibió el “Cuerpo de Cristo” por primera… y única vez.

Supongo que mis padres hicieron el esfuerzo porque no me viera señalado en el bloque como el único niño de mi edad que no habría celebrado su primera comunión. En las fotos, a mi padre se le ve discretamente ausente y a mi madre, ministra de finanzas en el gobierno familiar, preocupada por de dónde hacer los “recortes” para asumir tal dispendio. Eso sí, mis primos, mis amiguitos, el conjunto de la chiquillería, disfrutamos con la celebración poniéndonos ciegos a tarta. A mis abuelas, se las ve felices en las fotos acreditando nietos sanos y bien alimentados.

Fue una ceremonia compartida, coral, como suelen ser la mayoría. Tras el peaje de unas semanas de catequesis, se nos adoctrinaba para tan sublime acto. El primer momento solemne de nuestra vida del que normalmente se tiene recuerdo: un día especialmente festivo en el que las niñas se vestían de novias y a los niños, por primera vez, nos ponían de pantalón largo —la gente hoy lo ignora pero, los chavales de los años 50 llevábamos pantalón corto hasta en invierno… nunca entendí por qué—. Emparejados acudíamos al altar, yo lo hice junto a una niña de vestido blanco inmaculado, largo, con velo y con diadema de princesa. ¿Qué habrá sido de su vida? Acudíamos con miedo ante la responsabilidad del momento. Se nos decía que no había que sacar mucho la lengua al recibir la hostia, si se hacía podía resultar un gesto ofensivo a Dios; también había que tener mucho cuidado de que no se nos cayera al suelo, pues una hostia consagrada de ninguna manera puede caer por tierra; y no acababa ahí la cosa, lo peor es que una vez que por fin tenías "la forma" en la boca, habrías que concentrarte en evitar masticarla, eso sería como morder el cuerpo de Cristo y quedarías condenado a los infiernos de por vida ¡Qué barbaridad…! En fin, un montón de gilipolleces que sólo tenían la finalidad de hacernos temerosos de Dios y de su entorno. De ahí que jamás volviera a comulgar; entre otras cosas porque ni tenía sentido de culpabilidad por mis pecados ni tampoco propósito de la enmienda. Además no me gustaba como me miraban los curas.

Exactamente hoy se cumplen 52 años de la instantánea que ilustra. Si os fijáis, además de esa criatura ubicada dentro de un suntuoso traje de alférez de marina que sus padres compraron en  los almacenes Bobo y Pequeño de la calle Atocha, por supuesto que con vales descuento de la Renfe (una forma de pago diferido), podréis observar la mirada de un niño temeroso, no de Dios, sino del sacerdote que me estaba dando la comunión al que pedía que no le temblara el pulso.

Han pasado más de cinco décadas y cuando parecía que a nuestros hijos (ninguno de los míos quiso hacer la comunión) se les había explicado que el hecho religioso queda para los ámbitos personales e íntimos, ahora viene una pandilla de imbéciles a decirnos por ley que regresamos al pasado y que a los niños, en lugar de enseñarles a ser ciudadanos libres y responsables, es mejor que les volvamos a hacer temerosos de Dios. 

Qué bien que le viene al poder la sociedad teñida de miedo. 

domingo, 14 de abril de 2013

14 de Abril


Aquella mañana no se hablaba de otra cosa en el taller. Antonio, el joven aprendiz de carpintero, trataba de pegar la oreja a todo murmullo a su alrededor. Tenía la sensación de que algo grande se avecinaba. Se paraba, barriendo y rebarriendo con persistente afán, las virutas alrededor de una conversación. Tan obvio que fue reprendido por el maestro Nicolás. Tú a lo tuyo—. Aun así, ávido de saber que se cocía, trataba de captar el sentido de aquellos murmullos que con evidente sigilosidad mantenían los mayores. Que si se había proclamado la República en un pueblo del País Vasco, decían; que si en Barcelona la gente se había echado a las calles portando senyeras y tricolores; y que tres cuartos de lo mismo sucedía en Valencia y en otras ciudades. En fin, noticias sin confirmar pero intrigantes. En esas llegó a escuchar que el Rey iba a abdicar ¿Abdicar? ¿Qué es eso? Se preguntó.  La palabra se quedó resonando en su inquieta mente hasta que su curiosidad no pudo más y se dirigió al más cauto, y posiblemente más sabio, de cuantos integraban la plantilla de aquella vieja y ruidosa carpintería de la calle Áncora.

—Tomás ¿me puede decir qué significa abdicar?
Sorprendido el viejo interrumpió la faena y lo miró por encima de sus lentes, arqueando sus blancas cejas totalmente impregnadas de serrín.
—¡Coño…! ¿Dónde has escuchado esa palabra?
El chico se acercó sigiloso al oído del veterano oficial.
—Se la he escuchado a esos— Señalando en dirección al grupo que aún mantenía el corrillo, compartiendo conversación y pitillo.
—Llevan toda la mañana de cháchara, luego vendrán las prisas.— Apuntó Tomás con gesto resignado.
—Abdicar significa que un rey deja de serlo.— Eso es.
—¡Vaya! ¿Entonces el rey Alfonso ya no va a ser nuestro Rey?— Respondió el joven con acento intrigado.
—Tranquilo hijo, eso no va a pasar en España. A los reyes hay que cortarles la cabeza para que dejen de serlo y aquí los militares no lo van a permitir.— Argumentó el buen hombre.

El muchacho continuó a lo suyo. A mediodía, como todos los mediodías, salió del taller a buscar el cuartillo de vino que el maestro le encargaba traer de la bodega para acompañar su almuerzo. Tras un empapado mostrador de cinc, Manolo, el bodeguero persona extrovertida y afable, le aguardaba como cada día. Le solía esperar medio vasito de gaseosa con aceituna, en cierto modo era la forma que aquel hombre tenía de fidelizarle como cliente y evitar así que se fuera a la competencia; el barrio estaba sobrado de establecimientos como el suyo. 

—Manolo ¿sabe usted que el rey va abdicar?
—¡Abdi.. qué!— Respondió el bodeguero.
—Que se va de ser rey.—
—¿Muchacho quién te ha dicho a ti eso?—
—Lo he escuchado por ahí. Como resulta que han ganado las elecciones los republicanos…— Respondió el muchacho como presumiendo de estar informado.
—Yo no me meto en esas cosas y tú tampoco debieras, ni nos va ni nos viene, que de la política no salen más que guerras. ¡Dios mío este país…! ¿Sin Rey que haríamos?. Sin alguien que nos mande con mano dura verás que terminaremos matándonos los unos a los otros. Somos mala raza. No lo olvides chico: muy mala raza.

De seguido entró en el estanco a comprar la picadura que así mismo le había encargado el maestro. Al ruido de una campanilla que sonaba cuando ase abría la puerta, atendía Fernando. Un mutilado de guerra, veterano de la de África y superviviente del desastre de Annual. Sufría la cojera que le produjo un involuntario tiro de fusil de un compañero, aquel accidente le destrozó el fémur y la posibilidad de una vida normal: eso le condenaba a apoyarse en una muleta para desplazarse. De carácter gruñón, justificaba sobradamente el dicho popular que decía: “tienes más mala leche que un cojo”. Pero, aun así, solía ser complaciente con los pequeños del barrio, a los que, a veces, obsequiaba con alguna golosina. Los observaba mientras jugaban, tal vez añorando los tiempos en los que él mismo lo hacia por esas mismas calles; ellos a las canicas, ellas al truque. Permitía cierto acercamiento a su persona por parte de nuestro protagonista, al que gustaba coleccionar cajetillas vacías que el estanquero le proveía. Con su complicidad ya andaba en esas de iniciarse en el hábito de fumar de vez en cuando, clandestinamente un cigarrillo. El olor a tabaco fresco del estanco le resultaba de lo más agradable.

—Fernando, ¿sabe usted que el Rey va a abdicar?
—¡Ojalá, que se vaya a tomar por culo! Dios lo quiera.— Respondió sacando lo más ácido de su carácter al tiempo que juntaba las manos y las agitaba mirando al techo desconchado del establecimiento.
—¿Cree usted que eso va a suceder?
—Espero que sí. El pueblo no le quiere, ni a él ni a toda esa retahíla de mangantes que le rodea.
—Es que dice Manolo, el de la bodega, que si se va puede haber una guerra entre españoles.— Trasladó a su interlocutor lo que acababa de escuchar.
—Qué sabrá ese ignorante. Pues, sabes qué te digo: que la haya si la tiene que haber, a ver si así somos capaces de poner justicia en este puñetero país. ¿Has visto mi pierna? ¿Qué hacía yo en África? ¿Qué se me había perdido allí? Nada. Pues eso. Me llevaron para defender los intereses de cuatro cabrones uniformados.
—Fernando... ¿entonces cree usted que si se va será para bien?—
—Mira Antoñín. No hay peor refrán que el que dice que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Lo malo es malo. Y lo por conocer, será bueno o no, pero eso está por ver. Yo no quiero que vosotros —señalándole con el dedo— tengáis que vivir ninguna guerra, pero si eso sucede y con ello se consigue sacar de este país a todos esos privilegiados que nos gobiernan a su interés y antojo, pues sea bienvenida.

El joven Antonio concluyó su jornada, todo el tiempo pensando en si lo que decían que estaba sucediendo sería bueno o malo para él. Por un lado pensaba que el Rey no le había hecho nada, pero que tampoco era justo que por derechos dinásticos lo pudiera ser y no él mismo, o cualquier otro. Visto por ese lado, la república, que era lo que tenían en Francia, sí que permitía que cualquiera pudiera llegar a ser presidente y gobernar.

Terminó por decantarse republicano cuando, tras salir del taller, acudió a Cibeles acompañado de un amigo, inquieto como él. Aquello hervía, la gente se abrazaba. Las banderas tricolores estaban por todas partes ¿de dónde habían salido? Una muchedumbre subió calle Alcalá arriba hasta la Puerta del Sol. Allí no se cabía. Y lo sorprendente es que no había ni ejército ni guardia civil que reprimiera. Miles de paisanos manifestando su alegría. Gente con la esperanza de acceder a una vida mejor, más justa.

Seis años después, en las trincheras, Antonio se acordó de las palabras de Manolo, el bodeguero: “somos mala raza”. Pero también de las de Fernando, el estanquero. Y entre lo uno y lo otro comprendió que se asentaba la verdad, una verdad que no justificaba el gran desastre de la guerra pero que tampoco la evitaba.

Hoy, un 14 de abril que se aleja 82 años de aquel, he sentido ganas de sacar mi bandera tricolor y ponerla en el balcón, pero no lo he hecho, me basta con que ondee en lo más profundo de mi corazón. Y sí, conservo una bandera republicana en mi armario en homenaje a todos aquellos que un día depositaron en la República todas sus esperanzas. Pero en especial lo hago en recuerdo del joven Antonio, aquel muchacho aprendiz de carpintero que terminaría siendo mi padre. Un hombre justo y bueno al que las consecuencias de la Guerra Civil le robaron su derecho a ser libre y poder expresar públicamente sus ideas; que tenerlas, las tenía. Falleció muy joven. Su espíritu inconformista y libre llegó hasta mí a través de sus genes. Gracias papá.

martes, 26 de marzo de 2013

Sobre el arraigo a determinados objetos



Ha de pasar mucha vida para comprender determinados sentimientos, ciertas emociones que experimentamos cuando nos desprendemos de un objeto, anhelo de otro tiempo, convertido ya sólo en una reliquia, un símbolo que, al observarlo, nos devuelve a otro momento de nuestra existencia; momento en el que nos reconocemos... digamos que distintos. 

Corría la primavera de 1994, diez años después del año de Orwell, pero también el mío: mi empresa discográfica, la que me secuestraba el tiempo, marchaba con viento a favor. Se habían vuelto a reunir los Asfalto y defendíamos nuestro flamante álbum: "El Planeta de los Locos" con una renovada esperanza de que ahora sí, tal vez, volvería a ser nuestro momento. Complicándome la existencia había montado, con un socio del que me arrepentí tan sólo un año más tarde, un nuevo negocio y todo parecía ir mejor de lo esperado. En esas se me averió el coche y decidí cambiarlo por otro parecido. Entré en un concesionario Renault y, que curioso, el vendedor terminó mostrándome un Honda Accord; blanco, inmaculado, con apenas 30.000 kms. que estaba en venta de ocasión. Fascinado por su línea, discreta pero elegante y a la vez con cierto aire dinámico por su afilado perfil frontal. No tardé mucho en decidirme. Quise observar que fue él quien me miraba a mí y me elegía como su dueño. Sí, ya sé que esto es relatar de una forma poética una experiencia simple, pero es que fue así; palabra que sí. Pocos días después lo conducía con placer: un auto potente, con carácter, pero muy noble y seguro. Era justo el coche que iba conmigo; tanto así que, justo unas semanas después, la Compañía cobraba la factura de un cliente en quiebra, aceptando como pago un flamante Mercedes. Un coche espectacular, objeto de deseo de muchos nuevos ricos. Podía haber sido aquel “pepino” (como dicen hoy) mi coche; pero no. El hijo de un obrero no cabía dentro de aquel símbolo de ostentación.

Los siguientes cinco años los vivimos juntos. Su interior fue testigo de mis reflexiones en voz alta, de mis desencantos y de mi declive empresarial. Un día llegó una orden de embargo, injusta y cruel. Fuera de mi presencia, no quise verlo, el vehículo fue entregado cumpliendo el requisito que ejecutaba el ayuntamiento del pueblo donde aún sigo viviendo.

Pasaron siete años y, cuando aquel coche sólo era un recuerdo, me encontré al secretario que me dijo que mi auto llevaba todo ese tiempo durmiendo en el garaje municipal. El juzgado jamás se hizo cargo del embargo, así son a menudo estas cosas. Me invitó a verlo. No pude por menos que aceptar y… de nuevo, volví a experimentar su mirada; en esta ocasión una mirada triste: todo él cubierto de polvo, las ruedas desinfladas… en fin, hecho una pena. Se hicieron las gestiones y en un par de meses el vehículo volvía a circular. Me comentó el mecánico que sólo hubo que cambiarle la batería, el aceite y demás fluidos y que, al girar la llave, arrancó a la primera con un rugido orgulloso. 

Evidentemente habían pasado muchos años y aquel coche, aún conservando intactos todos sus atributos, ya sólo salía de paseo si alguien en la familia lo quería mover. Y así pasaron tres o cuatro años, hasta que, supongo que deprimido por verse relegado al papel del segundón, decidió averiarse. Nadie de la familia quiso repararlo, no merecía la pena, gastaba mucha gasolina, decían en casa. Lo llevé al taller y allí quedó a la espera de que alguien tomara la decisión de pagar los más de 2.000 euros que suponía volverlo a poner en circulación. Nadie, ni de casa ni de fuera, lo hizo. Viendo que la decisión no llegaba, a la espera de mejores tiempos lo aparcamos a la puerta de casa, como si, formando parte de la familia, ese y no otro debiera ser su sitio.

Cada mañana, al regresar del desayuno, le he observado estos últimos años y, en cierto modo, a veces, he creído apreciar en él la mirada melancólica de un viejo que sólo desea el descanso eterno. En más de una ocasión le he dado una sonora palmadita sobre su capó, como diciéndole: amigo, así es la vida… pero yo quiero que sigas aquí. La verdad es que en el fondo sabía que el final, su desguace, estaba al llegar.

Hoy le he visto emprender su último viaje sobre una grúa. Será la última vez que la brisa del viento acaricie su chapa. Quisiera pensar que es algo más que un objeto inanimado y que en estos momentos su memoria le haya llevado por tantos y tantos recuerdos vividos a mi lado. Adiós amigo. Con él se ha marchado algo así como un compañero que forma parte de mi pasado, uno más, convertido en símbolo de otros tiempos en los que hubo de todo.

¿Por qué experimentamos esta clase de afectos sobre los objetos? Reflexionando he descubierto la explicación que sin pensarlo ya expresé en la letra de Prisionera Enmarcada (1986) “Eras papel y ahora eres vida, yo te la di…” Se ve que hay quien sobre ciertos objetos inanimados a veces vuelca el afecto que le sobra o que no encuentra a quién entregarlo.