miércoles, 2 de enero de 2019

¿Hacia dónde...?

Justo estrenando un nuevo año, por todos los medios se publican balances de lo bueno y lo malo que tuvo el que acabamos de dar por finiquitado, 2018. En nuestro periplo alrededor del sol, de nuevo volvemos a situarnos en el punto de partida invocando, cada cual a sus dioses, dichas y venturas para el que ahora se inicia. En este viaje, yo siento como que, la vida a nuestro entorno, se va adaptando año tras año a lo que hay.

En el pasado, a estas fechas le sumaba un montón de propósitos que, semanas después, terminaban diluidos en nada. Y así, irremediablemente, de vuelta la burra al trigo. Y es que, la inercia en el sentido de la marcha siempre me devolvía a la maldita senda trazada. Ya me he hartado de ponerme tareas, retos y metas que terminan dañando mi autoestima y creándome problemas de conciencia. ¿Será que este joven, el que sigo siendo a mi pesar, comienza a asentarse en la edad cierta que voy teniendo?... Tal vez sí. Ya es como que ni le pido peras al olmo, ni me obligo a nada, harto de tanto compromiso asumido a lo largo de mi existencia. Sinceramente, ya estoy por dejar que la vida fluya lo más relajadamente posible. Pero no por ello hago el viaje sin dejar de observar el paisaje. Es algo que me ocurre incluso desde bien niño. Cuando viajaba con mis padres en aquellos expresos nocturnos, en aquellos departamentos de la 2ª clase, no paraba de mirar a través del cristal de la ventanilla escrutando la oscuridad utilizando mis dos manos como las anteojeras que se le ponían a los burros. Ahora me sucede igual, siempre quiero saber por dónde y adónde vamos cuando no soy yo quien conduce. Y es así que, observando el panorama actual, me surgen muchas preguntas sin respuesta al no entender mucho de lo que veo, o dejo de ver. 

Crecí formando parte de una generación esperanzada, privilegiada por ello. Una generación que no sufrió la guerra que tuvieron que afrontar las que nos precedieron. Una generación que, por primera vez, alcanzaría niveles de confort impensados por nuestros padres. Pues bien, pese a ello, las nubes bajas hoy vuelven a situar la niebla frente a nuestros ojos. Me revelo ante tanta injusticia, tanto necio, y tanta amargura como la que viven los que se ven incapaces de alcanzar ese paraíso ficticio que se nos anunciaba al que llamábamos progreso. Veo mucha gente infeliz a mi alrededor sufriendo la quiebra del modelo que se nos vendía como paradigma, la llave que abría las puertas de acceso a la felicidad. 

Hoy, con dolor, vemos náufragos en el mar; náufragos en la calles; en nuestras familias…¿Qué hemos hecho tan mal?... Cuando veo a un joven abrazando las ideas nacionalistas del pasado, absurdas y fracasadas, revelándose contra todo sin esgrimir argumentos coherentes, me pregunto: ¿a dónde hemos llegado? Cada vez son más los reaccionarios que van tomando el poder, los cautos acojonados, los intelectuales con miedo de manifestar sus ideas e ideales. Me irrito especialmente con los profesionales de la opinión, opinando al servicio de la voz de su amo. Me aterroriza que el poder de decisión lo estemos dejando en manos de locos e iluminados. Democracia, sí, pero así no… ¿Quién ha desalojado a la inteligencia del poder? 

Intuyo que estamos tomando un camino que solo conduce al abismo. Y mi miedo no es mío, ni es por mí, que ya tengo la vida más que amortizada, si lo siento es por las generaciones que han de precedernos. ¡Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos...!, decíamos, pero, observando su pasividad, comienzo a pensar en qué hijos vamos a dejar al mundo. Lo siento pero no veo un discurso joven, renovador, medrante, como el que surgió del 68 que contribuyó a denunciar la injusticia, a atizar las ideas, surgiendo un nuevo pensamiento crítico que acabó, entre otras, con la guerra del Vietnam. Y sí, estoy de acuerdo, no todos éramos iguales pero, de algún modo, aquellos jóvenes contribuyeron a que todos fuésemos más libres e informados. 

Hoy, siento como que vuelven hábitos del tiempo de la esclavitud. La tiranía del sistema, de las grandes corporaciones, descaradamente consideran al individuo como elemento al que explotar, elemento de la cadena de producción sustituible a corto plazo por la máquina, en cuanto se pueda. Mientras, se va sacando del trabajador su tiempo, su esfuerzo, ello a cambio de una pequeña renta que va convirtiéndole de a poco en un elemento deudor para con el sistema. Lo peor, es que observo como va generalizándose la idea de que, aquí, sálvese quién pueda y ello me causa desolación y cierta angustia. 

Bajo estos parámetros, algunos seguimos observando la vida, la propia, como un devenir intrascendente. Cada superviviente se va posicionando del lado más tibio al sol y, a lo mejor, esa es la fórmula para evitar caer abatido cuando poco o nada se puede hacer por revertir la inercia. Es así, de natural, justificado, principio de subsistencia. No seré quien les recrimine por ello. Yo, que por fin he conseguido hacerme dueño de las agujas del reloj, hoy me permito hacer todo aquello que más me gusta hacer, pensando que no hay mejor manera de gastar mi tiempo, el que me reste. Pero aun con todo, en este viaje no quiero dejar de mirar por la ventanilla para observar el camino. Este viaje en el que ya no conduzco y del que ignoro el destino. 

sábado, 1 de diciembre de 2018

A vueltas con la SGAE

En 2012, sin que lo tuviera previamente en mente, valga la redundancia, me vi formando parte de la candidatura de Antón Reixa al consejo de dirección de SGAE. Ganamos en todos los colegios a excepción del de "Pequeño Derecho" (los autores de música). Sin estar por entonces al tanto del efecto "rueda", la cosa ya me resultó sospechosa pues, de nuestra candidatura, gracias al injusto voto ponderado que otorga poder a quienes más recaudan, los únicos que obtuvieron asiento en el órgano directivo, además del propio Reixa, si no recuerdo mal, fueron otros dos no muy significados. Con el tiempo estos se mostraron beneficiarios y nitidamente defensores de la música nocturna en TV; vaya, que habíamos sido infiltrados por ese poderoso lobby que, para desgracia general, aún permanece en la cúpula del poder.

Para quién no esté al tanto, la clave del conflicto que afecta, al conjunto de los autores, no es otra que la existencia en sí misma de la figura del "editor". ¿Quién es el editor? ¿qué edita?, la respuesta es: nada. Sencillamente utiliza la figura de aquel viejo copista que imprimía las partituras que hacían que la música pudiera ser interpretada, a cambio de una participación en los derechos de autor. Ya en la década de los ‘60, con el auge de la difusión de la música popular a través de los discos, son las propias discográficas las que sostienen la figura del "publisher" como una forma de compensar los pagos que, por otro lado, y como editores discográficos, han de hacer a los autores de la obra contenida en sus copias, sean estos, o no, quienes firman con ellos el contrato. Pero la cosa aún va a peor, no concluye aquí. Ya en los ‘80 son las radios las que comienzan a montar sus editoriales para, a su vez, compensar en parte los pagos por la difusión pública de las obras que emiten. De ahí llegamos a la situación actual. En la época de la supremacía de las pantallas, son las propias televisiones las que ahora meten la mano en el bolsillo de los autores. Ese ha sido el fin y propósito exclusivo de todas estas iniciativas: crear una editorial que no edita, simplemente le roba el dinero a su legítimo dueño: el creador. Y todo esto en connivencia con todos los que, de una u otra forma, con su cooperación, hacen que la "rueda" siga girando.

Yo, que con 14 años, en 1965, trabajaba en la vieja editorial Hispania, me apeé de este sistema justo en 1978. Desde entonces jamás he firmado contrato editorial alguno. Es una cuestión de principios. Y así me va, dirán ustedes. Y tendrán razón. Pero eso es lo que me distingue y lo que me permite seguir siendo coherente. Después de 50 años en esto, comprendan que doy mi carrera por amortizada tal cual ha quedado y quien quiera saber de mí, que me busque en los cerca de 30 álbumes que he compuesto. Ahora que se anuncia el desparramo de la SGAE, cuanto lamento decir que esto ya lo advertí años atrás. 

Es muy bonito el palacio de Longoria, ese que los autores tenemos en la c/Fernando VI de Madrid, pero, por mucho que duela, va a tocar derribarlo para levantar uno más moderno con amplias ventanas para que el aire corra y se lleve el polvo acumulado por años sobre las mesas de los despachos.




sábado, 10 de marzo de 2018

El Niño y La Lluvia

Hace unos diez años escribí este relato. Hoy he sentido la necesidad de compartirlo con todos. Aquí lo tenéis:

Tuvieron que pasar muchos años para que, ya de adulto, el niño pudiera observar la piel del planeta desde las alturas; hasta entonces le había bastado con imaginarla bajo un paraguas. Calzado con botas de goma, cargado de infinita curiosidad, la visión de valles y cañadas, de ríos y de arroyos, la obtenía caminando a paso lento sobrevolando el curso de un río tan real como su imaginación quisiera permitirle. Eran días de lluvia. Días de mucha lluvia. Lluvia de muchos días que inundaba el parque del barrio, dibujando, a escala, toda suerte de accidentes geográficos que, observados con su visión aventurera, el niño suponía enormes territorios que explorar. Y lo hacía sobrevolándolos bajo un paraguas que, para él, simulaba la carlinga de un fantástico avión. Los observaba uno a uno y los bautizaba en voz alta como si estuviera narrando su descubrimiento para el mundo entero: A la izquierda el valle de la piedra blanca; allá la desembocadura del río marrón, afluente del gran azul; y al frente el lago de los caimanes...” Es entonces cuando inclinaba su cuerpo para realizar un vuelo rasante, arriesgado, que le permitía una mayor aproximación.

La aventura terminaba justo cuando el paisaje que sobrevolaba se tornaba inverosímil, al fundirse el parque con la acera de la avenida que tomaba en dirección a su casa. Es entonces cuando aterrizaba de bruces en el mundo real  buscando desesperadamente un charco donde enjuagarse las botas. El barro era inaceptable sobre las baldosas que su madre solía lustrar. Definitivamente debía presentar sus botas en un aceptable estado de revista. ¿De dónde vienes con la que está cayendo? —interrogado— le resultaba imposible dar explicaciones. Escaba rápidamente hasta su cuarto. Tumbado sobre la cama, repasaba mentalmente su fantástico viaje. Un viaje privado, personal e inconfesable. Sentía no poder compartir los detalles del vuelo que acababa de realizar, pero no era cosa de quedar por loco. Siempre le preocupó que le pudieran tomar por insensato, que los demás descubrieran esa tendencia suya a imaginar, a fabular y a reinterpretar la realidad; en definitiva, le preocupaba quedar fuera del entorno de coherencia que le había tocado vivir. Le aterraba no encajar en ese mundo cercano, el de su familia, el de sus amigos.

El niño se hizo mayor. Pasó su adolescencia unido a un sentimiento de miedo a ser descubierto en ese anhelo suyo por fabular. Miedo a no ser comprendido. Miedo a ser tomado por idiota si contaba a los demás los fantasiosos vuelos de su imaginación. Consecuente con esa tendencia suya a ingeniar un mundo a escala que poder manejar en forma más confortable, más a la medida de sus posibilidades, ya de adulto comenzó a escribir historias. Encontró en ello la forma de dar rienda suelta a su inventiva; ahora sí, si no conocía el mar, se lo inventaba y punto. Qué más daba si en ese afán suyo la dimensión del mundo no resultase ser la que realmente es. ¿Quién puede decir, o contradecir, cual es el tamaño real de las cosas si no es aquel que cada uno le atribuye según su punto de apreciación? Nadie.

Esta primavera ha vuelto a llover como en los tiempos en que llovía. Reconozco que ya sólo el olor de la tierra mojada produce en mí un efecto de calma y bienestar; tanto así, que, cuando llueve, me gusta salir a pasear. Lo hago con gran placer. Ya no tengo botas de goma en la que meter mis pies, ni infancia en la que cobijar mi espíritu, es por eso tal vez que ahora trato de evitar pisar los charcos; también, por qué no decirlo, porque en cierto modo todavía evito ser tomado por loco, ni quiero, ni puedo, dar explicaciones de por qué tal vez lo sea un poco.

No estoy muy seguro pero… creo que en estos días he vuelto a ver al niño bajo el paraguas… No lo sé, tal vez no fuera él. Eso sí, lo confieso: me he propuesto que, de aquí al próximo otoño, para cuando regresen, si es que quieren regresar las lluvias, he de perfeccionar la técnica acerca de como mejor pilotar un avión bajo un paraguas.

Julio Castejón.

Músico.

viernes, 5 de enero de 2018

Efectivamente alguien había ahí


Hace 20 años vivía dentro de un tremendo torbellino. Sentía que estaba a punto de concluir un ciclo que dejaba convertido en nada todo el esfuerzo de más de una década: Libélula, la discográfica que había fundado, tocada de muerte, hacía aguas por los cuatro costados. Es cierto que inicié aquella actividad sin demasiada vocación y tan solo obligado por la necesidad de procurar dinero. “Solo Por dinero” ¿Os suena de algo?  Son los ciclos de la vida y en aquellos días ya tenía claro que, el sentido del compromiso para con los míos, me había situado en esa tesitura, llevándome a alejarme del yo con el que más me identificó. Fracasado, borrón y cuenta nueva. Cómo si fuera tan fácil. Me costó mucho desenredar la madeja en que se había convertido mi vida. Tardé mucho en curar las heridas emocionales y afectivas que aquello me trajo consigo.

Como de forma refleja me vi mitigando angustia con esa medicina que procura poner la mente en aquello que más placer reporta. Y así fue que, para contrarrestar amargura, por fin me vi llevando a cabo un proyecto largamente postergado: la realización de un disco exclusivamente firmado por mí. Aquello representaba un anhelo que iba más allá del afán de iniciar una carrera en solitario que supusiera el cierre definitivo de Asfalto; la banda también había sufrido su cuota de decepción tras ver que, aquel inmenso “Planeta de los Locos”, había resultado irrelevante para los medios. En verdad es que nada se me ponía a favor para alcanzar el fin de milenio.

¿Hay Alguien Ahí?, su título, lanzaba una pregunta con cierta presunción de que la respuesta fuera negativa. Tenía la certeza de que, a esas alturas el legado de Asfalto se había diluido en nada. Me equivocaba al pensarlo así. Pero esto solo pude comprobarlo años después cuando Internet llegó a nuestras vidas. Aun con todo, en los peores momentos, me daba por escribir canciones y con ello iba rellenando ese vacío que sentía en mi ánimo y mi alma. A los cuarenta y tantos, con un fracaso a cuestas de semejante dimensiones, realmente me costaba imaginar caminos de futuro. La música salió a mi encuentro y me rescató. Una vez más.

Hacía tiempo que no escuchaba este álbum, cuando lo he hecho debo reconocer que me he sentido muy reconocido. Y es que, cuando las cosas se ponen mal, una fuerza, que no sé de donde proviene, hace que me ponga en pié y sea capaz de alumbrar alguna forma de esperanza. Siempre ha sido así. El contenido del disco son sólo un puñado de canciones que podrán gustar más o menos pero que de alguna forma, a mí, me rescataron del bajón. Lo que es innegable es que la banda que las sostiene: Paco Benítez, Eduardo Kinderman y Antonio Sánchez, a los que bauticé como "Los Trípodes", le dan un ímpetu mágico. Siempre se lo reconoceré; tanto así que incluso quise llevar su nombre a la portada del álbum, pues aún no me creía que hubiera sido capaz de hacerlo sin ellos.


Los discos que he registrado a lo largo de mi carrera reflejan el camino por el que ha transitado mi vida, este lo hace. Veinte años después me siento orgulloso de haberlo alumbrado y quiero que los que no lo conocíais tengáis la posibilidad de hacerlo; justo ahora que anuncio que estoy volcado en la producción de un nuevo álbum que, si todo se da como espero, se verá publicado en cuestión de unos pocos meses.  

viernes, 29 de diciembre de 2017

De Balances y Propósitos

Como cada año, por estas fechas, se tiende a hacer balance de lo que nos ha deparado la vida durante el ciclo alrededor del sol que se cierra; ello, es habitual, se acompaña con la emisión de algunos propósitos de enmienda para el que comienza. Hay quien estas cosas mejor se las plantea de septiembre a septiembre por aquello de que, concluidas las vacaciones, toca remangarse y entrar en faena. Lo cierto, es que la mayoría venimos a hacer este ejercicio justo con las 12 campanadas. Mentiría si dijera que me sitúo al margen de este hábito.

2017, además de ese empacho catalán, hay que reconocer que ha tenido otros affaires. Tengo la sensación de que, la sociedad que nos acoge, en su conjunto, podría afirmar que no ha sido un año en el que las cosas hayan empeorado; si exceptuamos la pertinaz sequía, la maldita violencia de género y la cuestión de los dineros públicos mal empleados, cuando no sustraídos. Con todo y con ello, si salimos a la calle, no se percibe pesimismo ambiental; otra cosa son las expectativas particulares de la gente de a pie, es decir, la de la inmensa mayoría, a la que, a pregunta de si están mejor o peor que hace 365 días, es posible que respondan que no ven con optimismo el futuro, el suyo.  

De una década a esta parte, tengo tendencia a restar los años que van pasando como uno menos de los que me queden, sin saber obviamente cuántos, cuando lo suyo, pensando en positivo, debiera ser celebrar que acumulo un año más. El matiz es esencial. En el primer caso, se denota el presentimiento de que la cosa se va acabando; en el segundo, el de la suma, que se celebra seguir estando vivo acumulando experiencia. Hoy quiero sentirme y expresarme así.

El año que ha concluido me ha deparado momentos maravillosos ejerciendo lo que más amo: hacer música. Y sí, ya lo he dicho, me hubiera gustado haber hecho más conciertos pero… ¿qué queréis que os diga?: no siempre se encuentra hueco donde alojar los sueños. Aun así, en febrero pasado, presentamos un disco del que me siento muy orgulloso: “Crónicas de un Tiempo Raro”. También, en esas mismas fechas, hicimos uno de esos conciertos que quedarán en la historia de Asfalto como un hito, tal vez insuperable. La banda ha madurado mucho, está espectacular. Confieso que solo deseo que se sostenga así por mucho tiempo: ilusionada e intacta. No va a depender de mí que así sea.

En el plano personal me encuentro bien. Uno de los propósitos que me hice el año pasado por estas fechas, lo he cumplido: camino un promedio de siete kilómetros por día, he controlado mi alimentación y mi estado físico es más que aceptable; hasta me fumo un cigarrillo de vez en cuando para celebrarlo. En el plano de los afectos siento que quiero y soy querido, cada vez más. Mi familia crece unida y en paz.

En septiembre, entregué mi primera novela: “La Mirada Ausente”. En estos momentos está en manos de quien compete en espera de la decisión de un potente editor, igual, sea como fuera, este año verá la luz. Presiento que os va a gustar la historia que cuenta.

En este afán por mantener mi mente y mi espíritu en armonía me mantengo activo: sigo sorteando el nocivo influjo del sillón al que la mayoría de la gente de mi edad termina imantada. Ya se ve que no paro. Llevo un mes trabajando en el que será mi cuarto álbum publicado bajo mi nombre al margen de Asfalto. La cosa progresa adecuadamente y, si nada lo complica, lo normal es que en primavera haya un nuevo disco en nuestras manos; y, lo mejor: he conseguido configurar una banda para defender en directo esa parte de mi obra que no es menor en mi acerbo ni en mi ilusión.

Solo me resta deciros que me siento en plenitud, que estoy bien pleno de energía e ilusionado por todo lo que haya de depararme el nuevo año y los que vengan. Por supuesto, cuento con todos vosotros, mis amigos, mi estímulo... Os necesito. Una vez más, gracias por seguir manifestándome vuestro afecto a través de tantas y tan diversas formas.


Una brazo a todos. Feliz año nuevo.

lunes, 9 de octubre de 2017

Ideas para romper el muro

Soy, he sido y seré crítico con el trazo grueso, las conclusiones indocumentadas y la negación de los matices grises que hay entre el blanco y el negro. Cuando creo tener las cosas claras, no por ello dejo espacio para albergar sitio a las dudas. Cuanto dolor nos hubiéramos ahorrado en este país, supongo que en los demás también, si hubiéramos puesto un poco más de voluntad para comprender la postura del otro. 

Hijo de un perdedor de la guerra del 36, nací y crecí en un ambiente opositor que me situó irremediablemente del lado de los inconformistas. Estaba predestinado a formar parte de ese núcleo de beligerantes en pos de un cambio que permitiera otro gobierno, otra sociedad. Pero no por ello dejé de crecer pensando en que, más allá de donde mi visión alcanzaba, igual habría horizontes donde poder contrastar opinión. Tuve la gran suerte de viajar y, viajando, he llegado a aprender mucho más de lo que nunca llegué a imaginar.

Mis primeros viajes, siendo niño, marcaron en mí un afán viajero que ha perdurado. En casa teníamos familia exiliada en Francia y, como mi padre era ferroviario, de Madrid a Hendaya el tren nos salía de balde; fue así que pudimos permitirnos aquellos y otros viajes. Estando allí, recuerdo que mi padre se la pasaba comentando las diferencias con lo que teníamos en España. Para progreso, decía, aquel en el que hasta un albañil podía tener su propio coche; y todos los niños bicicleta, pensaba yo. El hombre atribuía la causa de nuestros males a lo mal que nos llevábamos unos españoles con otros, a la dificultad de aunar criterios y a la poca lucidez que denotaban nuestros políticos. ¿Les suena?...

Pasaron los años y la dictadura, y desgraciadamente también mi padre, desaparecieron. España tomó carrerilla y conseguimos que el país tuviera una realidad social muy comparable a la de nuestros vecinos. A trancas y barrancas conseguimos instaurar un sistema democrático que definitivamente nos equiparaba. Aún así, seguíamos diferenciándonos en algo muy determinante: España aún permanecía infectada por el virus perverso del nacionalismo, el central y el periférico. Consecuencia de ello, fuimos contabilizando atentados año tras año por parte de quienes el “hecho diferencial” entendían que se debía instaurar como un muro de salvaguarda y, además, por la fuerza; como si al conjunto de la población española pensante le importara que cada cual hiciera de su capa un sayo… Ni tan siquiera que la gente quisiera llenar sus bolsillos con el peso de las piedras de la ignorancia y el resentimiento; eso sí, todos pedíamos, rogábamos, para que no nos las tirasen a la cabeza. ¡Cuanto sufrimiento gratuito!… ¡Qué gran desenfoque de la visión de futuro!

Cuando por fin las pistolas de los pistoleros dejaron de matar, resulta que ahora se nos presenta de nuevo la fría sombra de un enfrentamiento que sólo lo sustentan las mentes simples contaminadas de odio y los egoístas acaparadores de poder y control. Y todo ello justificando la existencia de un “pueblo”… ¿Qué pueblo? ¿Cómo se delimita? ¿Sirve en el que vivo?... ¡Hala, ya está servida la ignominia en plato caliente!

Queridos amigos, un músico como yo que me he pasado la vida cantando al sentimiento universalista, no quería intervenir a este respecto porque creo que, todo lo que tenía que decir en mi vida, ya lo he dicho a través de las canciones. Pero llevo unos días fastidiado pensando que algo grave, de consecuencias inmanejables, se está cociendo dando forma a un guiso difícil de digerir, que, además de severo ardor de estómago traerá consigo mucho dolor de cabeza por la desafección de cientos de amigos, de familias… Y me duele. Sobre todo porque escucho intervenir en esa maldita cocina a gente que no me merece ningún crédito como chef, y sí que los veo como alquimistas errados, incapaces de poner encima de la mesa sustancia, ideas, en positivo para arreglar tamaño desaguisado.

En mi opinión, el problema en Cataluña no se va a resolver desde la sentimentalización de la política. No, precisamente ese es el problema: no entender que la política es sólo una forma de organizar la cosa común en una sociedad que así lo ha querido. Y nada más. Los sentimientos, experiencia individual, terminan diluyéndose en dogmas alejados de la razón cuando pasan a ser colectivos. Es ahí, en ese caldo de cultivo, que surge el nacionalismo transformando un sentimiento lícito de pertenencia pervirtiéndolo en un arma para golpear al vecino. Millones de muertos ha dejado en el siglo pasado la práctica de esta ideología obsoleta y nefasta. Me duele que aún haya jóvenes que la acojan como suya para acabar con el sistema. Les sugiero que, si realmente quieren cambiar las cosas, emprendan la revolución interior, se documenten, se acerquen sin miedo a la verdad de las cosas y ejerzan el derecho a decir “no”; incluso al poder y la influencia de las grandes corporaciones que han asfixiado su esperanza.

No pretendo en este artículo convencer a nadie, ni tampoco concluirlo sin aportar una sola idea en positivo; aunque más me hubiera gustado escucharla por parte de quienes tienen la posibilidad de llevarla a cabo.

En mi opinión España es un país que lleva mas de 200 años tratando de encontrarse. Pocos países, y conozco unos cuantos, se quiere tan poco a sí mismo. Bien, asumiendo esto como evidencia y principio, veamos qué se puede hacer.

En 1978 nos dimos una Constitución que ha servido de mucho, sin duda imperfecta según desde que lado se mire, pero no más que otras. Bien, llegados hasta aquí, toca reformarla. Y no sólo para dar acogida a las demandas de las insatisfacciones nacionalistas, no, sino para salvar la convivencia y, si ésta, después de todo, no se da, pues nada, inventemos otro país y ya, a otra cosa. Daré mi apoyo a la formación de la República Ibérica. Por ejemplo.

Modificaría la Carta Magna proponiendo el refrendo popular de la voluntad de autonomía que cada región quiera tener. Por poner un ejemplo: sería bueno saber si castellanos, extremeños, murcianos, madrileños… quieren tener su auto-gobierno o simplemente acceder a otro modelo en el que ser administrados de forma conjunta con otras regiones, igual de efectiva a pie de calle y, eso sí: más barata. Sí, ya sé que eso dejaría en el paro a muchos políticos, pero es que es de eso de lo que se trata: abaratar en la gestión haciéndola igual o más eficiente. Respecto de las comunidades llamadas “históricas” (no sé por qué las demás no lo son), que estas definan las competencias que requieren para sí salvaguardando el compromiso solidario que han de adquirir, en cuota alícuota con el conjunto, por los servicios compartidos como: defensa, orden público, comunicaciones e infraestructuras, etc. Plasmaría, en ese nuevo acuerdo, claro que sí, el derecho a decidir la pertenencia. Pero no sólo de una comunidad al conjunto de España, sino también de un municipio a una mancomunidad, de una mancomunidad a una comunidad autónoma. Sería lo más democrático, ¿o no? Y eso sí, para cualquier decisión de segregación o unión, se precisará la mayoría de dos tercios del censo afectado. No sería justo que un 50,1% de la ciudadanía, obligue al otro 49,9% a la ruptura de su status.

Aún habría que incluir en esa nueva Constitución muchos más aspectos que corrijan y mejoren lo que ya tenemos. De ello se encargaría, no el poder político, sino la concurrencia de un Consejo de Estado que incluya a las mentes que acrediten trayectoria y lucidez. La política es cosa muy seria como para dejarla en exclusiva en manos de los políticos. La nueva Carta Magna, por supuesto, deberá ser aprobada con el voto afirmativo de las dos terceras partes de la ciudadanía española y, caso de no conseguirse tal consenso, habría que seguir enmendándola hasta alcanzarlo.


Si alguien tiene una idea mejor para derribar este muro intolerante, que la aporte.